domingo, marzo 31, 2013

lunes, marzo 25, 2013

Amiga invisible



I
Llegué a casa y corrí un poco la telaraña de la cerradura para poner la llave, como tantas veces. Y ahí fue que la vi, por primera vez. Se quedó quieta por un momento, como observándome. Luego se dio vuelta, caminó unos pasos lentamente, y desapareció dentro de la cerradura.
Sonreí y metí la llave con cuidado, por miedo a lastimarla. No era como yo la imaginaba, no. Era de cuerpo color beige con rayas oscuras, maciza, fortachona, de piernas cortas.
Hoy me estoy imaginando su casita ahí adentro. La veo sentada en una mecedora, de lentes, tejiendo escarpines para sus bebés araños.
Me gustaría verla en acción: cuando un insecto feo y dañino cayera en su red y ella fuese sigilosa, lo atrapara y se lo llevara. Lo serviría en una fuente y los chicos se pelearían “¡Yo quiero el ala!”, “¡Yo quiero la pata”. “Tranquilos, hay para todos”, respondería ella.

No la vi más después de aquella primera y única vez. A veces fantaseo con que sale y la veo de nuevo, que habrá crecido, que estará más grande. Que esa próxima vez además de observarme se pondrá a charlar, y me preguntará “¿Qué tal estuvo tu día? Otra vez volviendo de noche… ¿mucho trabajo?”
A veces también tengo miedo de no volver a verla nunca más. Después de todo, ¿qué expectativa de vida tienen las arañas promedio?

Tengo treinta y seis años. A veces me parece que he vivido una eternidad pero que también me falta una eternidad por vivir, y eso me da mucha pereza.

II
Y nos fuimos haciendo amigos de a poco. Estudiamos primero una materia, después otra y otra y así seguimos. Éramos un buen equipo, no habíamos perdido ninguno de los exámenes que preparamos juntos y alguno hasta salvamos con nota. Yo en ese entonces vivía en los suburbios con mi madre, lejos de todo, así que por lo general nos juntábamos en la casa de él. Una de las pocas veces que tocó ir a casa, terminamos tarde, a mí me pasaban a buscar unos amigos para ir a una fiesta y nos despedimos en la parada, donde él se quedó esperando el ómnibus. Después me contó que tras haber esperado más de dos horas (habían avisado que no iba a haber servicio de transporte pero no nos habíamos enterado), un travesti que se iba a laburar le ofreció compartir un taxi. Muerto de miedo y de vergüenza pero también desesperado (era demasiado lejos para volverse caminando y no le alcanzaba la plata para pagar el taxi entero), aceptó.

En esa época yo iba al cine muy seguido, me había hecho socia de Cinemateca, y una tarde después de estudiar le conté que iba para ahí y lo invité a venir conmigo. La película (yo no sabía), resultó ser bastante erótica y esa vez la que se murió de vergüenza fui yo, él se dio cuenta y se dedicó a tomarme el pelo el resto de la noche.

Teníamos veinte años, muchas cosas en común y pasábamos re bien cuando estábamos juntos, pero nunca pensé en que podíamos llegar a ser otra cosa que amigos, no la vi venir… Cuando un día después de otra película, estando dentro del auto me empezó a hablar de que quería algo más yo sentí que se me tapaban los oídos con un pitido y un conjunto de manchas blancas se dispersaron por el aire nublándome la visión. Cuando terminó de hablar yo le conté la historia de la otra araña, la que vivía en el baño de la casa de mi abuela:

“Cuando era chica, en el baño de la casa de mi abuela entre la madera del portarrollos de papel higiénico y la pared había una pequeña rendija, y ahí estaba: un remolino blanco, formando un cono, del que sólo asomaban tres o cuatro rayitas negras, como pestañas de un ojo hermoso. Más adentro, la penumbra. Por más que miraba y miraba, tratando de acercar mi cara a la pared para mejorar el ángulo, nunca pude distinguir qué había más allá.
Esas pestañas nunca se movían. Cada vez que iba al baño me quedaba observándolas, esperando que de un momento a otro se movieran. Yo sospechaba que podían ser las patas de una araña, pero también sospechaba que debía estar muerta, porque hacía muchos años que permanecían en ese mismo lugar: tanto el cono, como las rayitas, inalterables. Siempre ahí presentes, pero sin moverse, sin dar señales de vida “

Cuando terminé de contar la historia se hizo un silencio.
_¿Pero qué tiene que ver tu cuento con lo que te acabo de decir? _preguntó él perplejo.
_No sé, pero me acordé de eso ahora.
_¿Pero vos no sentís lo mismo que yo siento por vos?
_No sé, no sé, estoy muy confundida, yo quisiera que las cosas sigan como están… No quiero arruinar nuestra amistad, si así estamos bien…

Pero no, las cosas ya no volverían a ser como antes. Yo no quería otra cosa que quererlo como él quería que lo quisiera, pero por más que buscaba dentro de mí, ese sentimiento no estaba. Y por un tiempo intentamos seguir adelante, bajo una nube de silencio incómodo y amenazador, y como todas las nubes tarde o temprano terminan en tormenta, un día me dijo que no quería verme más, que no podía presenciar mi vida de costado como un espectador, mientras siguiera anhelando ser el protagonista. Y esas palabras se clavaron en mi pecho como puñales que nunca pude desenterrar.
Estábamos a mitad de la carrera, quedaban todavía tres años, en los que seguimos siendo compañeros. Cuando pasábamos por al lado, él me daba vuelta la cara. Cuando nos juntábamos con compañeros u otros amigos en común, me salteaba al saludar. Nos encontrábamos en los exámenes: sin saberlo elegíamos las mismas fechas y el mismo orden para darlos, era increíble. Cuando por fin nos recibimos: con la misma materia, el mismo examen, el mismo día y con la misma nota (ya a esa altura no me sorprendía), terminó el suplicio de vernos todo el tiempo sin hablarnos.

III
Mes tras mes, año tras año, lo primero que hacía al entrar al baño de la casa de mi abuela era verificar que las pestañas seguían dentro del cono. Un día llegué apurada, me senté al wáter, miré hacia allí y ya no estaban… ¡El cono estaba vacío! Y entonces sobre la pared hacia un costado la pude ver: era ella, la araña dueña de aquellas patas, sin duda. Caminó sigilosamente hasta el cono blanco y se volvió a meter allí, dejando a la vista solamente sus patas-pestañas.
Muchos años pasaron. Siempre me pregunté si la araña que yo veía era la misma, o si se trataba de toda una estirpe arácnida, que se encargó de heredar la confortable casa-cono de generación en generación.

IV
Esta noche llegué a casa y de nuevo tuve que correr la telaraña para poder poner la llave, era ella avisándome que todavía existe.
Y sonreí.