sábado, abril 27, 2013

En el recreo

El pote sin cereal

el desayuno no está

ni la leche, ni el yogur

¿Qué pasa?, ¿qué pasa?

Al cabo del desierto

la leche y el cereal

en una mesa

mi mamá comía


Escribe mi alma

escribe mi amor

Que dios bendiga

nuestro amor

Que la paz y el amor

vengan a nuestro corazón

Y que la tranquilidad

rodeé nuestro cuerpo.

Dios nos mejore

nuestro mundo

Que viva dios


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Encontré este poema en la mochila de Valentina, lo escribió por su cuenta estando en la escuela.

La escuela es laica pero por ejemplo rezan para agradecer la comida.


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domingo, abril 14, 2013

Los pingüinos de Papá


Mi padre se caracteriza por tener facilidad para entablar amistad con cualquier individuo, ya sea persona o animal.
Es incontable el número de veces que trajo perritos abandonados a casa. Y no sólo  abandonados, también era común que rescatara a mascotas víctimas de algún dueño malvado o simplemente insensible: como aquella perrita de un vecino que vivía día y noche atada, apenas le daban de comer y aullaba todo el día con una tristeza infinita. En esos casos se las ingeniaba para inventar alguna historia y no tener que confrontar con el dueño: “¡Qué linda perrita! Usted sabe que estoy necesitando una para salir a cazar liebres, ¿no me la regalaría?” La trajo y le pusimos de nombre Tupa, por lo sufrida. Era una cachorrita negra con manchas marrones, de orejas largas y ojos traviesos.

Pero también otras veces traía a casa animales mucho más inesperados: como aquel día que volvió de un viaje al campo con un pequeño hurón. Contó que estaban buscando huevos de ñandú y ahí fue que lo encontraron en un nido bajo tierra, solito y abandonado. Gracias a dios, era un bicho bastante escurridizo, porque yo (que en ese entonces tenía cuatro años), no quería más que agarrarlo a upa y acariciarlo como si fuera un peluche. Pero cada vez que lo aupaba el hurón intentaba escabullirse arañándome toda. El resto del tiempo me dedicaba a correr atrás de él por toda la casa: corría muy rápido y perseguirlo era extremadamente divertido. A la que también le gustaba jugar a corretearlo era a Tupa.
La siguiente vez que me tocó visitar a mi padre el hurón había desaparecido: en una de aquellas persecuciones la Tupa lo había atrapado y matado de un mordisco. A mí me dio un poco de pena, pero también sabía que eran las leyes de la naturaleza: la Tupa tenía su instinto de depredador a flor de piel, ya que estaba acostumbrada a salir con mi padre y mi abuelo a cazar liebres.

Unos tres o cuatro años después, mi papá se había ido a vivir al campo. Allí criaba algunas ovejas para vender su lana. Tenía un perro llamado Flaco, cruza de collie con arriero. No sé si parecía viejo por los mechones blancos características de esa raza, o si era viejo nomás. Era un perro buenísimo, “Más bueno que Lassie” como dice el dicho. Me acuerdo lo mucho que me asombró la vez que lo vi en acción arriando las ovejas, mi padre y yo a caballo lo observábamos desde atrás: el Flaco corría de un lado a otro y las iba trayendo para el corral, no se le escapaba ninguna, ¡qué destreza!

El Flaco acompañaba a mi padre a todos lados. Si salía en el auto, él iba dentro de la valija: papá la abría y lo llamaba con un silbido. Estuviera donde estuviese, el Flaco aparecía corriendo y se metía de un salto en la valija, acurrucándose para que la puerta cerrara bien. El auto era un BMW 320, un deportivo casi de lujo para aquella época, rojo y con asientos de cuero blanco, que le había regalado su novia. Había llegado a sus manos cero kilómetro pocos años atrás, pero ya estaba en ruinas. El caño de escape estaba totalmente podrido, y entonces en el silencio del campo, al escuchar el ruido del motor ya sabíamos que era papá que venía llegando por el camino de tierra, a diez kilómetros de distancia.

Pero había más mascotas sorprendentes por conocer: ese mismo año papá volvió de un fin de semana en Piriápolis ¡con un pingüino! “Pasó Fulano que venía de la costa y me dijo que había visto un pingüino, que el pobre bicho estaba ahí en la arena desorientado... No lo pensé dos veces y fui a la playa a buscarlo. Lo bañé y le di de comer, y como parecía tan contento me lo traje conmigo”.
Dos años vivió el pingüino con mi padre. Se hicieron amigos inseparables con el “Flaco”, compartiendo la valija del auto en todos los viajes que hacían: del campo a la ciudad, a la casa de la playa, o de paseo nomás.

Cuando estábamos en el campo llevábamos al pingüino a la cañadita y allí chapoteaba de lo lindo. Comía carne de capón, igual que nosotros y el Flaco, pues allá en campaña era la comida fundamental junto con la galleta dura. Estaba gordito y había crecido.

Cierto día papá apareció sin el pingüino, le pregunté por él, y me dijo que lo había donado al zoológico para que estuviera con otros animales de su especie. “Un día de estos vamos ir a visitarlo, ¿tá?” Pero nunca fuimos...

Yo me olvidé casi totalmente del pingüino hasta hace unos meses, cuando con mis hijas vimos la película de Jim Carrey “Los Pingüinos de Papá”. Entonces les conté la historia del pingüino que tenía mi papá, muy entusiasmada. Cuando llegamos a la parte de su desaparición, por primera vez dudé que la versión del zoológico fuera cierta: lo más probable era que simplemente se había muerto y a papá le dio lástima decírnoslo. Además, ¡en el zoológico de la ciudad donde vivíamos nunca hubo pingüinos!
Entonces, la siguiente vez que vi a mi papá se lo pregunté:
_¡El pingüino! ¡Cómo no me voy a acordar del pingüino! Vos no me vas a creer lo que realmente pasó…. Un día pasé frente a una pescadería y se me ocurrió: “Voy a comprarle pescado al pingüino, desde que lo tengo nunca más comió, se va a quedar chocho”.  Cuando llegué a casa le di el pescado y a las pocas horas estaba muerto. Lo llevé a la veterinaria, que me dijo que murió de una hemorragia interna. Me pidió que le contara más de su historia, y al final concluyó: “Tantos años comiendo carne de capón le cambiaron el metabolismo y su estómago no supo digerir las espinas.”

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Cuento (o mejor dicho anécdota, porque en este caso es una historia real) que escribí para el taller de escritura.