martes, mayo 28, 2013

Ana Grama

Siempre me fascinaron los anagramas (creo que ya hablé de ellos en este blog pero me da pereza buscarlo).

Saber que hoy día hay sitios que te arman mil en unos segundos, por ejemplo éste, es raro. Un poco pierde la gracia, porque no hay que devanarse los sesos reordenando letras para lograr una frase con significado. Ojo, no es que siempre te devuelva frases con significado, pero siempre te devuelve palabras válidas.

Entré al sitio y puse mi nombre, he aquí la postselección (y reanagramado en algunos casos), con la que me quedé.

Me encantó el primero, lo voy a tomar como un consejo del más allá, ya que en estos días ando muy loca:

Envolver acá ira

Nervio calavera

Ver ave racional

Revelará nociva

No acelerar, viva

Aeronave rival C

Vivero craneala

Alacran re vivo, e

Avecinar volear

Ro, la vecina rave

Ave vecinal raro

Calvario nevera

Calvario venera

Ver ave coralina

Va encierra oval

Novelera vaciar

Novela "V" arrecia

Vi arca novelera

Ir, vaca novelera

Reavivar lanceo

No reavivar alce

En reavivar loca

Re calavera ovni

Vire carnavaleo

Un personaje increíble

Un día al salir del edificio lo vi por primera vez, aunque no quiere decir que fuera la primera vez que él estuviera ahí, porque yo soy bastante distraída. Ese día también me fijé en la gente que pasaba por al lado suyo y miraba para el otro costado, algunos con el ceño fruncido mostrando congoja, otros nada más repulsión.
El hombre se había ubicado allí en la puerta del local de al lado de la entrada de mi edificio, en pleno 18 de julio, cerca de la Plaza del Entrevero. Tenía unos cincuenta o sesenta años, pelo canoso y barba, se parecía a Lula da Silva. Había juntado unas cajas y frazadas y con ellas armado su precario refugio. El local estaba cerrado hacía ya un tiempo, era una zapatería que se había fundido con la crisis. Poco después al viejo se le sumó un perro, era un cuzco color dorado y blanco muy simpático, de tamaño y edad medianos. El hombre se sentaba en el piso y el perro se sentaba al lado suyo, él lo acariciaba y sonreía. Me sorprendió el buen estado de sus dientes, teniendo en cuenta que vivía en la calle. Tenía una latita donde la gente de vez en cuando le dejaba monedas.

Cuando vino mi padre (que vivía en el interior) a casa de visita por unos días, cierta vez bajamos juntos a hacer mandados y vi que lo saludaba. El hombre devolvió el saludo contento.
_¿Lo conocés? – le pregunté a mi padre sorprendida ni bien nos alejamos un poco.   
_Ayer bajé a fumar un pucho y me quedé conversando con él. Pobre viejo, me contó que es ingeniero mecánico, se vino de San Pablo contratado por una empresa pero lo jodieron, nunca le pagaron un mango. La empresa desapareció, él se gastó toda la plata que traía y ahora no tiene para volver. Me dijo que está juntando la plata para el pasaje y que en cuanto la tenga se va a ir.

Mi padre cada vez que bajaba conversaba con él. El viejo en su portuñol (que lo hacía parecerse aún más a Lula), le contó que extrañaba a su hija y nieto que vivían allá en Brasil. Nos pareció raro que no les pidiera que le manden ayuda. Varias veces dudamos de si serían ciertas las cosas que contaba, o si estaría loco nomás. En casa además de ayudarlo con alguna moneda, guardábamos las sobras de comida – principalmente los huesos – y se los llevábamos para el perro. El portero y algún otro vecino, al ver nuestra actitud se animaron a arrimarse y empezar a saludarlo, a llevarle huesitos para el perro y ropa o mantas viejas para que se abrigue. Mi padre una vez le quiso dejar una botella de vino, pero no aceptó.
_No tomo alcohol - dijo muy serio.

Un día no lo vimos al viejo. Al siguiente día tampoco estaba en su lugar y temimos lo peor. Había empezado el invierno y eran los días más fríos del año. Pero pronto volvió: bañado, afeitado y más rellenito. Nos contó que lo habían llevado a un refugio de "Invierno Solidario". Sin embargo a pesar de su mejor aspecto parecía muy triste.
_Es que no dejaron entrar al perro. Y cuando salí ya no estaba.
Tratamos de convencerlo de que era un perro inteligente y seguramente volvería, pero todos sabíamos que era difícil.

Pasados unos meses, mi padre había vuelto a mi casa de visita y cuando le abrí la puerta me contó:
_Me crucé con el viejo allá abajo, se despidió. Dice que ya juntó la plata para el pasaje y se va mañana.
Efectivamente, a la mañana siguiente vimos que se había ido.
Y nos convencimos de que su historia era cierta nomás.

jueves, mayo 09, 2013

Por culpa de la aftosa


En los meses previos a la crisis del 2002, el año de la caída del dólar y el corralito financiero, el presidente Batlle (el “otro Batlle”, dirá la historia), tuvo que enfrentarse a otra crisis que trajo muchas pérdidas económicas: la aftosa. Uruguay perdió su calificación internacional de País Libre de Aftosa  y miles de cabezas de ganado fueron sacrificadas por el nefasto Rifle Sanitario.
Pero hubo otras muertes a causa de la aftosa, aunque no se le atribuyeran directamente...

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El comisario Luis Fernández, más conocido como El Cacho, se disponía a dejar la casa donde se había visto por última vez a la Sra. Mirta Giménez, desaparecida hacía varios días. Mientras  armaba un tabaco de hojilla se quedó parado en el porche de la casa, recapitulando la conversación que acababa de mantener con el marido de Mirta:

_La última vez que la vi fue el martes pasado. Me levanté a las 4 de la mañana, tenía un viaje a Brasil con el camión y no iba a volver hasta dentro de dos o tres días. Ella se levantó y me preparó el mate, y cuando me fui se volvió a acostar. Salí en la moto hasta la estancia del patrón, donde me estaban esperando con el camión cargado de vacas hasta el tope. Sin otra compañía que el mate y la radio Carve arranqué por la ruta 8 rumbo al Chuy, pasando por Aiguá, Velázquez y Lascano. Cerca de las 10 de la mañana llegué a la frontera y me encontré con la sorpresa de que no estaban dejando pasar el ganado. Por la aftosa, ¿vio? Entonces me tuve que dar la vuelta pa’tras, se imagina la calentura. A mediados de la tarde ya estaba de vuelta en Minas, pero cuando llegué a casa la Mirta no estaba. La esperé, la esperé hasta la noche, pensando que habría salido a hacer algún mandado, pero no volvió. Ahí llamé a mi suegra, calculé que capaz se había ido a su casa, pero ella me dijo que por allá no había estado. Y a la tarde del día siguiente, aún sin novedades, fue que los llamé a ustedes –había declarado el marido, preocupado.
_¿Y alguien más estuvo en la casa ese día? – preguntó a su vez él.
_No, que yo sepa. Teresita la empleada viene los  lunes, miércoles y viernes, y por lo tanto ese día no le tocaba venir.
_¿Le preguntó a algún vecino si la vio salir?
_Acá la única que anda siempre en la vuelta es Doña Eulalia, que vive en la casa de enfrente. En la casa que queda a la izquierda de la nuestra hace años que no vive nadie, y hacia la derecha la siguiente casa está recién en la esquina. Al lado de Doña Eulalia hay un galpón pero rara vez viene gente. Le pregunté a la doña ayer, pero me dijo que le parecía que el martes no la había visto en todo el día. Nunca se sabe igual con esa mujer: está muy vieja y chocha, y para mejor no ve bien y es medio sorda.

“Esto me huele a gato encerrado”, pensó el Cacho, y apagó de un pisotón la colilla. Se le ocurrió ir al boliche La Curva, que quedaba a un par de cuadras de allí. “Me tomo una caña con butiá para aclarar las ideas, y de paso puedo averiguar algo con los habitués”. Cuando llegó lo recibió efusivamente El Buce, dueño del bar. Le decían Bucéfalo porque de joven había sido jugador de básquetbol, era grande y fornido y cuando corría por la cancha picando la pelota, atropellaba a los adversarios como si fuese un caballo desbocado.
_Guarden las cartas que el comisario hoy no juega – dijo el Buce haciendo una guiñada y largando la carcajada. El Cacho sabía bien que en el boliche se jugaban apuestas clandestinas (Truco, Tute y Conga), pero hacía la vista gorda. – ¿Qué lo trae por acá, además del buen beber?
_Estoy investigando el caso de Mirta Giménez, la señora del Canario Balbuena, que vive acá a la vuelta. ¿Supieron que hace tres días que el Canario la denunció como desaparecida?
 _Vino en el momento indicado entonces, porque el que puede saber algo es él… - dijo señalando con la cabeza a un viejo encorvado que estaba tomando una grappa, acodado en el mostrador. El viejo miraba fijamente la hilera de botellas del estante del fondo y apenas se inmutó cuando escuchó que lo nombraban. El Buce continuó casi en secreto, con picardía – Todo el mundo sabe que el hijo del viejo, El Pilduña, era el “pata de bolsa” de la Mirta…
_Hace varios días que mi hijo no vuelve a casa – dijo el viejo con un hilo de voz, sin levantar la mirada.
Todos lo observaron asombrados.
_¡Entonces se fugó con la Mirta! – intervino Walter, uno de los tres que estaba en la mesa de cartas, arrastrando las letras.
_Elemental, mi querido Walter… – bromeó el Buce.
_¡No! – interrumpió el viejo, dando un golpe sobre el mostrador que asustó a todos – Mi hijo nunca me había dejado solo tantos días… Y esto de irse sin avisar no es cosa d’él… Además, no se llevó ni un calcetín…
Se hizo un silencio, todos temieron lo peor.
El comisario terminó su caña, le pagó la vuelta a los presentes –que quedaron muy agradecidos- y se volvió con la idea de entrevistar a Doña Eulalia.

Golpeó la puerta por tercera vez, con fuerza. Se escuchaba la televisión a todo volumen pero nadie abría. Se escucharon dos disparos y cuando el comisario ya estaba pronto para derribar la puerta, apareció la vieja con cara de disgusto.
_¡Justo tiene que llamar a la puerta en lo mejor de la novela! El Sr. Maldonado encontró a su mujer con la amante y los mató a los dos – dijo la vieja - ¿Qué quiere?
“Caramba, qué coincidencia” pensó el Cacho:
_Soy el Comisario Fernández. Estoy investigando la desaparición de Mirta, su vecina de enfrente. ¿Usted la ha visto últimamente?
_No, hace días que no viene por mi casa. Ella pasa seguido por acá y se ofrece a hacerme los mandados, o me trae algo rico para merendar y pasamos la tarde juntas jugando al Purrete. ¡Es un encanto de mujer! Yo la quiero como a una hija… Estoy sola en este mundo y ella es la única que me hace compañía, además del gato. Pero debe haberse ido a visitar a la madre, Doña Josefa, también amorosa ella, que vive allá en el Barrio España. ¿Para qué me dijo que la precisa a la Mirta?
El comisario, viendo que no podría obtener mucho más, le agradeció y no le dijo la verdad para no preocuparla.

Cuando iba saliendo miró para la casa de Mirta y vio a una muchacha barriendo la vereda. “Esta debe ser Teresita, la empleada de la que me habló Balbuena
_¿Se sabe algo de la señora? – preguntó Teresita angustiada cuando reconoció al Comisario, que se estaba acercando.
_En eso andamos… ¿Es la primera vez que viene a la casa desde que ella desapareció?
_Vine el miércoles pasado y no la vi, pero tampoco pregunté, en ese momento yo no sabía que estaba desaparecida. El que sí estaba en la casa ese día era el señor.
_Supuestamente desapareció el día anterior, es raro que él no le comentara nada.
_Él es muy callado, ¿vio? La que conversa conmigo es la señora Mirta, él casi nunca está en la casa. Lo vi con cara de preocupado, eso sí.
_¿Y en la casa vio algo que le llamara la atención?
_¿Algo como qué?
_No sé, algo distinto a lo que ve siempre…
_No, creo que no… Lo que sí me pareció fue que estaba todo bastante limpio para estar el señor, porque siempre cuando él llega trae las botas llenas de barro y enchastra todos los pisos. Por eso me llamó la atención que me pidiera que lavara los pisos de nuevo. ¡Y que los lavara con Agua Jane1 ! Yo no le llevé la contra porque capaz él piensa que los pisos siempre se lavan con Agua Jane, vaya uno a saber… Como nunca agarró ni un trapo para limpiar nada…
_¿Y algo más que recuerde?
_El ropero de la señora estaba revuelto, y parecía que faltaba ropa. Ahora que recuerdo, tampoco estaba el bolso. Pero me pareció raro que hubiera salido porque no se llevó las alhajas, ni los perfumes. Ella es una señora muy coqueta, no va a ningún lado sin arreglarse: se maquilla y se perfuma así vaya hasta la panadería. Y cuando se va de viaje siempre se los lleva.
_¿Y en el dormitorio vio algo más que le llamara la atención?
Teresita se queda pensando.
_Habían cambiado las sábanas, y lo hallé raro porque yo ya las había cambiado el lunes. Todos los lunes cambio las sábanas, hay cuatro juegos y se terminan usando todos al final del mes. Me acordaba clarito que esa semana yo había puesto las celestes y en cambio ese día estaban las verdes. Pero después cuando hice la cama me di cuenta que también habían sustituido el colchón por uno nuevo, así que ahí le encontré la lógica: al poner el colchón nuevo le cambiaron también las sábanas para estrenarlo como se debe – continuó. - Aunque ahora que pienso, la señora no llegó a dormir en esa cama…
_¿Y usted cómo lo sabe?
_Eh… Eso no se lo puedo decir, es algo privado… – se ruborizó Teresita.
_¿Quiere contármelo frente al juez en el juzgado? Recuerde que soy la policía y estoy investigando un posible crimen.
_¡No diga eso! ¡Si la señora es tan buena, ni Dios permita!
_Bueno, entonces con más razón, para saber qué le pasó a la señora tiene que colaborar con la investigación.
_Está bien – dijo resignada. – Estoy segura que la señora Mirta no durmió en esa cama porque ella cuando duerme siempre se babea y deja el charquito sobre la almohada. Creo que me dijo que duerme con la boca abierta por un problema de vegetaciones, que le da mucha vergüenza pero no puede evitarlo. Y cuando yo llego aunque el charquito ya esté seco igual me doy cuenta porque queda una aureola en la funda.
_Bueno, muchas gracias por su colaboración Teresita, ha sido de mucha ayuda – dijo el Comisario conteniendo la risa. – Ahora, si usted me permite, mientras usted termina la limpieza de hoy, voy a dar una recorrida por la casa y el jardín para ver si encuentro algo.
_Sí claro, cómo no.

Cacho descartó de inmediato que Teresita pudiera tener algo que ver con la desaparición de Mirta. Aquella muchacha era la imagen viva de la inocencia, pobre.
Entre los datos que le acababa de dar la muchacha y los que había conseguido en el boliche, era fija que se trataba de una  fuga o de un crimen pasional. Pero aún había muchas cosas que no le cerraban. Tanto la muchacha como el padre del amante dijeron que era raro que se hubieran ido sin llevarse sus cosas. Y si había sido un crimen ¿dónde estaban los cuerpos?
Cuando llegó al patio, vio una pala llena de barro pero ningún indicio de tierra removida en el jardín. “Pero puede haberlos enterrado en cualquier baldío”, pensó.
Se le ocurrió una idea y salió disparado para la Comisaría, no sin antes preguntar:
_Teresita, va a estar un rato más, ¿no? ¡Enseguida vuelvo!
_No se preocupe, estoy hasta las cinco hoy.
Cuando llegó entró también corriendo y se topó de bruces con el Sgto. Gómez de la policía Técnica, que iba saliendo.
_¡Justito! ¡Con vos quería hablar!
_No me jodas, que ya me estoy yendo… Recién terminé de reportar un accidente de tránsito en la ruta 7, y ya me vuelvo pa’la capital.
_Es un segundo nomás, yo te llevo. Traé tu equipo – y se lo llevó cinchando del brazo.
_La puta madre – dijo el otro a regañadientes.
_Dale, cambiá esa cara – refutó el Cacho excitado – Estamos ante un caso mucho más emocionante que esos accidentes chotos que venís a ver vos todas las semanas. Aunque ojalá me equivoque…
Y le contó de la desaparición de Mirta y lo que había dicho la empleada.
_Si le pidió que lavara los pisos con Agua Jane para terminar de eliminar restos de sangre, sabemos que no va tener suerte, porque con la luz reveladora que vos tenés salta igual – terminó de exponer el Cacho.
En efecto, cuando llegaron a la casa lo comprobaron. La linterna especial revelaba un gran charco azul fluorescente en el dormitorio y unos trazos que se arrastraban desde allí hacia el living.

Teresita era un mar de lágrimas. Los policías se despidieron palmeándole la espalda suavemente en tono de consuelo.
_ Tranquila. Pero de esto al señor ni palabra, ¿sabe? Él es el principal sospechoso.
Sin que ella supiera se quedaron esperando, a unos metros de la casa, a que el hombre llegara.

A la media hora, más o menos, apareció desde el otro lado de la calle el Canario Balbuena en el camión del patrón. Entró y a los pocos minutos salió, como una tromba.
_¡Mierda! Esta pelotuda le debe haber contado todo. Es tan ingenua que no cree que el tipo pueda haber matado a su esposa – puteó el Comisario.
Ya que les había tomado ventaja, en vez de apresarlo decidieron seguirlo de lejos para ver qué hacía. Era fácil, porque aunque iba muy rápido no dejaba de ser un camión enorme, era imposible perderlo de vista entre las callecitas angostas del pueblo. Pronto salió de la zona urbana y paró al costado de un cerro. El hombre se bajó, cruzo el alambrado y empezó a trepar el cerro con rapidez.
_Dame los prismáticos, así podemos seguirlo desde lejos.
_ Igual se lo ve tan perturbado que no creo que se de cuenta ni aunque estuviéramos al lado.
Se detuvo en la cima, frente a un cuadrado de tierra recortado sobre el pasto que lo terminaba de delatar, y se inclinó sobre sus rodillas.

El Cacho y Gómez se acercaron despacio. Veían aquel cuerpo sacudirse con el llanto. El Cacho le apoyó la mano sobre el hombro y el Canario se volvió a mirarlo, entregado.
_Maté a ese hijo de puta, se lo merecía – dijo aún llorando. – Pero a ella no quería matarla… Me pidió perdón y vi en sus ojos que de verdad estaba arrepentida, pero la furia me dominó…
Los dos policías dejaron al hombre terminar de desahogarse en la cima del cerro, mientras observaban callados al sol ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo, rosado y anaranjado.
_Todo por culpa de la aftosa – continuó el Canario, un poco más calmado - Si no fuera por la aftosa yo no hubiese vuelto a casa más temprano aquel día….

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Cuento que escribí para el Taller Literario este año. 
La historia de los amantes, el camión que tuvo que dar vuelta por la barrera sanitaria, la empleada que lavó los pisos con Agua Jane (marca uruguaya de hipoclorito de sodio muy popular), y el asesino que "se vendió" volviendo al lugar donde enterró los cuerpos, son reales o por lo menos así fue como se reprodujo la anécdota por toda la ciudad de Minas. 
Sin embargo los nombres de los personajes y lugares, y la historia detallada de la investigación que relato, obviamente son agregados míos. Con una salvedad: el boliche La Curva con sus apuestas clandestinas existió y también existió el Buce, ex-jugador de básquetbol con ese apodo singular. Él era mi abuelo paterno. Eso sí, para cuando ocurrió esta historia ya no quedaban rastros del boliche y mi abuelo ya estaba jubilado.