viernes, agosto 23, 2013

Muñeca de trapo

Soy una muñeca de trapo y mi cuerpo está vacío.
Pero me doy cuenta que no está bien así. Siento la necesidad de rellenarlo de a poco, para que tome forma.
Lo relleno con retazos de risas, de juegos con las niñas, de charlas con amigos, de bromas, de sexo con amor, de placer, de alegría, de escribir un cuento, de colgarme de un trapecio o una tela, de bailar contact, de mirar una película o una serie en la compu, de aprender algo nuevo, de coserme una pollera, de tomar unos mates, de comer chocolate, de acariciar a mi perra, de ayudar a alguien que lo necesita, de terminar un programa y ver que funciona bien y los usuarios están contentos, de encontrar por fin un error que se empeñaba en esconderse y corregirlo, de sentarme de cara al sol y tratar de absorber su calor por todas las células de mi piel, de leer un buen libro, terminarlo y pensar: "nunca voy a encontrar otro que me guste tanto" pero agarrar el siguiente y que me cope igual o más que aquel, de tirarme al agua transparente y tibia de olas enormes a jugar que me suban, me bajen, me arrastren y hasta me revuelquen por la orilla.
Estoy llena, todas esas cosas me llenaron y ya no soy un pedazo de trapo en 2D inerte,  ahora tengo vida, tengo movimiento, tengo tres dimensiones. Los brazos, los dedos, tienen forma y puedo tocar, puedo acariciar.

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Hasta que un día quiero moverme y ya no lo consigo. El relleno se apelmazó, dejando huecos por todos lados, la cabeza me cuelga mirando hacia abajo, quiero levantar los brazos pero solo logro sacudir los extremos, quiero mover las piernas para caminar un paso, pero son como de gelatina, se derriten y me caigo. Quedo aplastada contra el piso. El cerebro da la orden al cuerpo que se mueva pero éste no puede, los brazos y piernas fofos ya no pueden erguirse. Siento un peso muy grande que me aplasta, me asfixia, me acorrala. La espalda se volvió de velcro y está adherida firmemente al piso. Miro hacia el costado y ya viene el tren, silbando y echando humo por la chimenea, que se acerca rumbo a embestirme.

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Entonces llega alguien y me rescata, me cincha de una mano y me quita de la vía justo a tiempo. Saco todo el relleno apelmazado dentro de mi cuerpo porque ya no sirve, se enmoheció y tiene olor a podrido.
Soy una muñeca de trapo y mi cuerpo está vacío.





martes, agosto 20, 2013

Desovillando el ovillo sin fin

Corría el año 1815

Yo estaba sentada en una poltrona tejiendo, con los ovillos apoyados en el regazo, sobre mi vestido rosado de raso y miriñaque. Me dolía mucho la espalda y tenía las manos casi agarrotadas por el movimiento mecánico y repetitivo de las agujas.

De pronto uno de los ovillos resbaló y cayó al piso. Misha, el gato, lo atrapó de un salto y se lo llevó rodando por el damero de mármol del piso. Tomándome de sorpresa, las agujas se deslizaron de mis manos jaladas por el movimiento del ovillo y cayeron con estrépito.

Me levanté de la silla como impulsada por un resorte y corrí en su persecución. Misha bajó corriendo las escaleras y yo detrás, esquivando los trazos de lana cuyas agujas de las puntas rebotaban en los escalones irguiéndose como peligrosos floretes de esgrima. Pude atrapar una al vuelo, pero la lana se zafó y me quedé con la aguja en la mano, como pasmada.

La escalera parecía interminable, el gato seguía bajando los escalones saltando de uno a otro en zigzag, sin dejar de abarajar el ovillo entre sus patas, como haciendo malabares. Por fin llegó al rellano y me quedó esperando allí. Me miraba de frente con su rostro travieso mientras se lamía una pata. Recuperé el ovillo y me senté en el piso junto al gato, muerta de risa, acariciándolo.

El dolor de mi espalda y mis manos había desaparecido.