domingo, octubre 27, 2013

Historia del reloj de campo y el reloj de la ciudad

El reloj de la ciudad está apurado, está estresado. Las manecillas giran como locas en su esfera. Aún cuando está quieto le tiemblan. Tiene tránsito lento, tiene atascado un montón de mierda que no lo deja moverse con libertad, llega siempre tarde a todos lados. Engulló el almuerzo en dos minutos y la comida le cayó mal. Es la gastritis, le duele mucho. Salió corriendo para una reunión de trabajo.

El reloj de campo va lento, muy lento. Las horas no le pasan más. Tiene las manecillas ásperas y llenas de callos por el trabajo forzado. Se levanta a las cinco de la mañana cuando sale el sol para ordeñar las vacas. Las praderas todavía están totalmente blancas por la helada. Hace frío y en la aguja de la hora se le forma una estalactita de escarcha. Se mueve lento, cada vez más lento, está viejo y achacoso. Cuando el balde de leche ya está lleno se dirige a la pieza de los peones. Enciende la cocina a leña para hervir el agua para el mate y de paso caldear el lugar.

El reloj de ciudad llegó tarde a la reunión. “Este tránsito de mierda”. Su jefe, que justo llegó temprano, raro en él, le roció una larga meada de reproches. Sintió que iba a tener sus ojos en la nuca todo el día y frunció aún más el ceño. Cuando salió de la reunión, lo esperaba una tarea repetitiva y monótona para el resto de la jornada. Su espalda se contracturó de solo pensarlo.

El reloj de campo tomaba mate y comía galleta de campaña, como podía porque le quedaban pocos dientes. Pronto tenía que salir a matar un cordero para el patrón, que llegaría mañana con un montón de invitados a almorzar. Ahora de viejo se había puesto blandito, y le daba pena matar a aquel bicho, por lo que estaba postergando lo más que podía el momento.

El reloj de ciudad había perdido el tren y estaba furioso. Había sido el sábado pasado, pero aún estaba furioso. Iba de visita con toda la familia a la casa del abuelo Big Ben en el tren de la hora 9. Estaba en la estación con los pasajes comprados, terminando de acomodar la valija pues había salido de casa, como siempre, a las apuradas. En eso el tren arrancó, sin previo aviso, el reloj lo corrió pero fue imposible alcanzarlo (y aunque lo alcanzara, tampoco era idea muy sana saltar a un tren en movimiento, con su esposa y sus hijos). En la boletería una señora fea con sonrisa falsa le dijo que el siguiente tren salía recién a las 18 horas. No le daría el tiempo de llegar a lo del abuelo, que ya tendría que estar emprendiendo el regreso. Tuvo que volverse a casa de cara larga y agujas caídas. Pasó todo el fin de semana amargado, peleando y discutiendo con su familia.

Llegó el gran día, el cordero ya estaba sobre la parrilla, salado y adobado esperando para comenzar a asarse. El patrón llegó con todos sus empleados de la empresa, entre ellos el reloj de ciudad, todavía con cara de enfurruñado. Y así fue como el reloj de campo y el reloj de ciudad se conocieron, y se dieron cuenta de que eran dos versiones distintas de la misma cosa. Los dos tenían el mismo anhelo secreto: “¡Ah! ¡Quién pudiera ser un reloj de arena, todo el año de vacaciones, disfrutando de la playa!”
 


lunes, octubre 07, 2013

El pistolero y la doña

 _Quedate callada y dale para adentro – le dice el ladrón a una señora, colocándole el arma en la espalda. La señora venía llegando a su casa con la bolsa de los mandados y tendría unos ochenta o noventa años, usaba lentes culo de botella y era bajita, rubia, alegre y regordeta.
_Ah, bueno, eso si que es difícil, hablo hasta por los codos, todo el mundo se queja de que los aturdo – responde la señora riendo y pronunciando estas palabras con velocidad, demostrando de que era cierto lo que decía.
_Shh, silencio, le dije que vamos para adentro – y para reforzar la orden le clava la pistola con aún más fuerza en la columna vertebral.
_Sí, sí, claro, entramos, ¿qué nos vamos a quedar haciendo en la vereda? – contesta mientras entra y cierra la puerta. – ¿Querés que te prepare un tecito, un café? Mate no te ofrezco porque no me gusta chupar de la misma bombilla que un desconocido. Vengo re cansada, supongo que vos también... ¡Qué día este!, ¿no? Mucho calor para estar en mayo.
_¿?
_¿Hace mucho que te dedicás a esto? ¿Te rinde? Los precios han subido tanto que está difícil para todos, supongo que ustedes no son la excepción – continúa hablando la doña, en el mismo tono afable desde el principio, mientras pone el agua a calentar y prepara los saquitos de té. – Debe ser dura la vida del chorro, siempre buscando la próxima presa, estresados, nerviosos de que salga bien y el botín valga la pena. Tomate el tecito, que se enfría. ¿Le ponés azúcar o endulcorante?
El chorro la miraba con ojos grandes, sin dar crédito a lo que escuchaba.
_Señora, muy rico el té, pero usted sabe que vine para otra cosa, y no tengo mucho tiempo... ¿Dónde está la plata?
_La Plata es una ciudad de la Provincia de Buenos Aires, creo que queda a unos 60 km de Buenos Aires ciudad, pensás viajar para allá?  Me dijeron que es muy linda ciudad, yo tengo una amiga, Queca, que vive allá y siempre me invita a visitarla pero nunca tuve oportunidad de ir. Viste que ahí también es donde vive la madre de la presidenta Cristina. Ay Cristina, pobre, se está quedando con la misma cara que tenía Menem: labios gruesos, cara de perro bulldog... ¿Será algún bicho que habita en la Casa Rosada que los pica y se transforman?
_Dale, ¡no te hagás la viva! Sabés que me refiero a la pasta, la guita – le grita, perdiendo un poco la paciencia y volviéndola a tutear.
_¿Pasta? Ah, tengo unos tallarines para la cena. ¿Te quedás a cenar entonces? Buenísimo, así me hacés compañía, sabés que ando tan sola últimamente... Soy viuda y no tengo hijos, sólo sobrinos, pero se pasan todo el día trabajando y no me dan bola,  sus niños menos… Cuando vienen a visitarme casi ni conversan, se pasan todo el día piqui-piqui con esos teléfonos de ahora. Y yo me aburro acá como un hongo. Ah, cucumelos tengo, si querés ponerle al té. Yo a veces le pongo al agua del mate, una pintita nomás cuando me quiero relajar porque es medio fuerte – se ríe con picardía y continúa. – Acá en el fondo de casa tenía una vaca. La tuve un tiempo, la ordeñaba todas las mañanas y tenía leche fresca para el desayuno, y para hacer manteca y dulce de leche. Pero me la terminaron raptando los extraterrestres. No sé, no es que yo crea en los extraterrestres. Pero un día sentí un mugido y me asomé por la ventana y había una luz muy fuerte, como la del foco de Batman pero sin largar la forma de murciélago, que la apuntaba desde arriba y de la vaca se veían ya nada más las patitas colgando, el cuerpo como que se había levantado del piso. La luz lanzó un destello aún más fuerte que me encandiló y cuando recobré la visión zás, la vaca había desaparecido y yo seguí viendo las manchas negras y blancas dentro de mis ojos por un rato, tan machaza que fue la encandilada. Bueno, la cuestión es que me quedé sin vaca, pero ya había juntado una buena provisión de cucumelos que los dejé secar y los tengo ahí en la despensa. Los guardo con cuidado para que no se me mezclen con los champignones, sino después se los llego a poner a la salsa caruso de los ravioles de los domingos, cuando viene alguna hermana o sobrino a almorzar, y se armaría un relajo bárbaro. Mi hermana Pocha no me deja comer con sal, ni tomar whiskey, si se entera de los cucumelos ni te digo, me va a poner el grito en el cielo. Igual yo como y tomo de todo, ¡si la vida se hizo para disfrutar!
_A mí me parece que el cucumelo se lo mandó usted antes de ver a los extraterrestres llevándose la vaca… – le contesta el chorro, que se había quedado con esa imagen.
_No, no, qué va… Si a la vaca la vi clarito, clarito. Hasta me saludó con una pata. Hum... ahora que decís, eso sí es raro, que la vaca saludara.  Y bueno, capaz que sí, que fue todo una alucinación... Quién sabe... - Y sin dejarlo contestar continúa  - Bueno, no tengo nada de comer para convidarte, ¿pero no querés que haga unos sconcitos para comer con el té? Los hago rapidísimo.
_Bueno, me encantan los scones – el chorro estaba tan desorientado que ya se había olvidado a qué había venido – ¿Los hace con queso, no?
_Sí, sí, claro, con queso parmesano. Vas a ver qué ricos me quedan. 
El chorro se queda ojeando una revista, golpeteando la pistola sobre la mesita ratona, mientras la doña prepara los scones y los pone en el horno.
_Ya está, en veinte minutitos salen. Y vos, contame… ¿Dónde vivís? ¿De qué familia sos? Yo acá en este pueblo conozco a todo el mundo, seguro los conozco – le dice mientras agarra el diario. – ¡Ah! El horóscopo de hoy, todavía no lo he leído. Yo soy de libra sabés, por lo equilibrada – se ríe a carcajadas. – ¿Y vos?
_Del 13 de abril, creo que es Aries.
_¡El cornudo! ¿Tu novia donde anda?, jaja –sigue riendo. – A ver, empecemos por el mío: “A veces te pones pesado hablando sin parar de cosas que a la gente no le interesa. Debes empezar a simplificar si no quieres aburrir a todo el mundo.” ¡Muy cierto!  – los dos se ríen. –Y el tuyo: “Recibirás noticias de una persona que no conoces demasiado y que desea acercarse más a tu vida. Es probable que te sientas bien si te atreves a conocerla.”
Se quedan los dos en silencio, al ladrón pensativo se le van llenando los ojos de lágrimas.
_Usted me hace acordar a mi abuelita, ella siempre me leía el horóscopo del diario. Murió hace tres años, era la única persona que tenía en este mundo. ¡La extraño tanto! Si me viera ahora se moriría de vergüenza, su único nieto…
La viejita se acerca masticando un scón, con los dientes postizos subiendo y bajando rítmicamente, le pasa la mano suavemente por el hombro y brazo, y vuelve de un click a seguir charlando como si nada. Le habla del clima, de su gato, le muestra fotos viejas, le cuenta la vida y obra de todos los vecinos…
_¡Ah, ya son las siete y diez! ¡La novela! – grita la anciana incorporándose de un salto inusitadamente ágil.
A los tres minutos ya se había quedado dormida en la silla. El ladrón percatándose de esto, se dirige al dormitorio. Regresa con una manta que le coloca sobre las piernas, la despide con un beso imperceptible en las arrugas de la frente.
Ese día se va de la casa con las manos vacías pero el corazón y la panza llenos. Desde ese entonces la visita todas las semanas, jueves de charla y scones hasta la nochecita.

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Cuento que escribí para el taller de escritura.
Las pronósticos los tomé de un horóscopo verdadero.