lunes, junio 16, 2014

Cadenas



Está ahí, encadenado, se mueve cada vez menos, chapotea en el agua. Está triste, calmo, pero triste.
Ya no es la bestia que apareció semanas atrás en la bahía, cerca del puerto. Sus rugidos aterrorizaron hasta al más valiente.  Lo vieron elevar su enorme cuerpo de más de 5 metros de altura desde el fondo del Río de la Plata. Sería por eso que todo el mundo le llamaba “El Godzilla”. Pero parecía más un mamífero que un reptil: era una especie de lobo marino gigante con patas.

Lo apresaron cruelmente y lo encadenaron allí en la ensenada. Por lo menos tuvieron el tino de no matarlo. Los primeros días se juntaron miles de personas, niños y adultos, todos querían verlo. Yo lo vi de casualidad, recién hoy, cuando pasaba en el ómnibus por la bahía. Todos los demás pasajeros ya lo habían visto y lo ignoraron. Cuando el ómnibus se detuvo en la parada de enfrente lo miré y me miró, parecía una mirada de cachorro triste. No lo pensé dos veces y corrí hasta la puerta a bajarme, quería estar un rato con él. Caminé hasta un barco coreano que estaba amarrado cerca de allí y le compré pescados. Se los llevé y los comió muy contento, parecía que hasta movía una cola que no tenía.

Y entonces me senté a su lado pensando qué carajo tenían en la cabeza los que lo habían encadenado ahí, pobre bicho, si era más manso que Lassie. Se notaba que sufría mucho en su cautiverio.
Las decenas de científicos y periodistas de todas partes del mundo que lo habían estado investigando ya se habían aburrido y habían regresado a sus países. Pero hasta que no dieran la orden de liberarlo, o peor, de matarlo, la guardia del puerto lo mantendría encadenado ahí. Y para qué decir que la burocracia, como siempre, iba a terminar ganando y nadie tomaría esa decisión por meses, quizás por años. Fue entonces cuando decidí tomar partido y liberarlo yo misma.
“Eso es, ¡el partido de Uruguay de esta tarde! Ese será un buen momento”, pienso.

Vuelvo a casa a buscar una sierra y un pico, no son las mejores herramientas pero mi optimismo me indica que tienen que servir. Me tomo de nuevo el ómnibus, el guarda viene mirando el partido de fútbol y casi no me para, pero lo bueno es una vez arriba ni a él ni a los restantes pasajeros les llama la atención las extrañas herramientas que llevo. Ni siquiera se fijan en mí.
Me bajo en la bahía. Será fácil, también está desierta. Apenas me acerco veo que el aro que sujeta la cadena, amurado al piso, parece un poco flojo. Sin perder un minuto comienzo a golpear alrededor del metal con el pico y en dos o tres golpes el cemento se desgrana y el aro se afloja del todo. Godzilla todavía no se da cuenta de que es libre, así que tomo la punta de la cadena y me lo llevo, caminando por el muelle, cada vez más adentro.  Al final del muelle arrojo la cadena hacia adelante lo más lejos que puedo y él sigue, ya con el agua en la mitad de su cuerpo se da vuelta y me mira, como agradecido, mientras continúa caminando hasta sumergirse completamente.
Me siento en el borde del muelle con los pies colgando y la mirada fija en los círculos de agua que se agrandan y desaparecen. Me quedo pensando en que las cadenas le van a molestar al principio, pero el agua salada se encargará de corroerlas y en poco tiempo será libre del todo.

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Cuento que escribí en la última clase de Escrito con el Cuerpo.
"A veces hay que tirarse al agua sin pensar nada más, confiar en que el tiempo va a limar nuestras cadenas y un día seremos libres para siempre”

jueves, junio 05, 2014

Cuando el tiempo se hace humo



_¡Qué desastre!
Un humo espeso y gris salía por las rendijas de la cocina y el olor a quemado inundaba toda la habitación. María apagó el horno, abrió la puerta y sacó la torta carbonizada. Giró la muñeca izquierda para mirar el reloj.
_Las cuatro y media, ¡mierda!

En treinta minutos llegarían sus amigas a tomar el té y ya no le daba el tiempo de preparar otra. Bah “amigas”, en realidad eran las esposas de los demás ingenieros de la planta, amas de casa aburridas como ella, que lo que más disfrutaban era encontrar defectos a los demás para burlarse y criticar. María no veía la hora de que Pedro terminara su asignación actual y pudieran regresar a su país, que ella tanto extrañaba. Allá podría por lo menos retomar sus estudios y trabajar. Estaba harta, ser ama de casa no era para ella. Además las costumbres de aquí eran muy diferentes. La gente era machista y prejuiciosa. Los hombres trabajaban y las mujeres se quedaban en la casa con los hijos. Cuando volvían de trabajar se juntaban a jugar al fútbol o al poker, siempre entre ellos, las esposas y los hijos quedaban excluidos y a nadie se le ocurría preguntar por qué. Eso era lo que más le molestaba a ella, no era para nada a lo que estaba acostumbrada en su país, donde las reuniones eran familiares o sólo de adultos pero siempre mixtas. Tenía además varios amigos y confidentes del otro sexo; de hecho su mejor amigo era Juan, se conocían desde niños y se querían muchísimo.

Pero para que terminara la asignación de Pedro faltaban por lo menos dos años y mientras tanto la única opción social que tenía María era fraternizar con aquellas víboras. Y aunque cortar totalmente el vínculo y volverse una antisocial la tentaba, había decidido darles una última oportunidad. Quizás las había juzgado mal por conocerlas poco, y todavía tenía esperanzas de poder rescatar alguna buena amiga de ese grupo.
_ De repente Carmela, que tampoco tiene hijos y que le gusta mucho leer como a mí – pensó María. – Parece una tipa inteligente, distinta...

Vivían en un country o barrio privado, exclusivo para empleados de primer nivel de la planta nuclear. El barrio tenía su propia escuela, centro deportivo, cine, teatro y supermercado. Consistía en treinta casas donde se alojaban poco menos de cien personas en total y estaba rodeado por muros y rejas todo a lo largo de su perímetro. Al costado del barrio pasaba la carretera y hacia el oeste, más o menos a un kilómetro de distancia, se podía ver la planta. Todo lo demás era campo desierto. 

_¿Y ahora qué hago?
El supermercado del country estaba cerrado por ser domingo y el pueblo más próximo quedaba a veintiocho kilómetros.  Abrió la heladera con resignación para ver si podía inventar algo. Había un pan de ayer, mermeladas, manteca, queso, un tarro de aceitunas, mayonesa, kétchup, mostaza. Y en el cajón de verduras: cebollas, morrones y un ramito de ciboulette.

_¡Ya está, preparo unas tapas españolas! No es lo más apropiado para la hora del té pero como están de moda a esta manga de snobs les va a parecer una buena propuesta.

Recordó que tenía una procesadora que no había estrenado todavía, se la había regalado la tía Emilia antes de mudarse para allí. Emilia era una vieja cachivachera que gustaba de recorrer casas de remate y comprar cosas novedosas a precios irrisorios.
María sacó la procesadora del placard que estaba debajo de la mesada. En efecto, era bastante rara, de forma cilíndrica y tamaño mediano, totalmente cubierta por una lámina de acero brillante. En la parte superior tenía una tapa de vidrio y en el frente cerca de la parte inferior un pequeño display rectangular, con una perilla y un botón rojo a la derecha. La enchufó a la corriente y aparecieron unos números rojos en el display: 00-00-00. Probó girar la perilla hacia la derecha y vio que los tres pares de dígitos aumentaban y disminuían a medida que la giraba, pero no le quedaba muy claro el criterio con el que lo hacían. De todos modos dejó la perilla en la posición aleatoria que había quedado, cortó en dos mitades algunos morrones, les quitó las semillas y el tallo, abrió la tapa de la procesadora y los colocó dentro. Se detuvo, dudando, un momento antes de presionar el botón de encendido, pero continuó. Aunque no entendiera los números no podía ser tan difícil, era una simple procesadora.

Las cuchillas comenzaron a girar en sentido horario, formándose un potente remolino que arrastró todo a su alrededor, incluyéndola a ella, hacia el centro. Sintió que se apagaba la luz por un par de segundos y cuando se volvió a encender, la cocina estaba muy diferente. La mesada que antes era de granito rojo ahora era de acero brillante. Las paredes estaban cubiertas con paneles rectangulares del mismo material. En uno de ellos una pantalla con un paisaje montañoso de fondo marcaba:
27 de diciembre de 2064
20:35 hs
28º,  80% humedad
María sintió que su corazón se aceleraba a mil por hora y que un frío acuchillador le subía de golpe desde el estómago hasta el centro del pecho. Siguió recorriendo la pared con la mirada hasta llegar a la parte más cercana y allí ahogó un grito de terror: su imagen era la de una anciana. Se miró las manos, surcadas de arrugas y salpicadas por miles de pecas y manchas blancas. Observó entonces los números que marcaba el display de la procesadora: 04-37-50. Miró de nuevo la pantalla de la pared, los números parecían indicar la diferencia en horas, días y años del momento en que se encontraba antes: 20 de noviembre de 2014, 16.35 h.

_¿Viajé al futuro? ¿Puede ser posible?
Sin pensarlo dos veces, giró la perilla en sentido antihorario hasta dejar los números en cero y volvió a presionar el botón.
Las cuchillas comenzaron a girar velozmente formando otro remolino, esta vez en sentido antihorario, y cuando la luz parpadeó se encontraba de nuevo en su cocina. Aunque el almanaque pegado en la heladera marcaba la fecha correcta, recién cuando llegó al baño y vio su rostro habitual en el espejo, pudo respirar aliviada.

¿Entonces esa vieja procesadora era una máquina de tiempo? ¡Increíble! Probó girar la perilla hacia la izquierda y vio que los números se volvían negativos, con lo cual concluyó que también serviría para ir al pasado. Eufórica, los pensamientos se agolparon en su mente y comenzó a divagar con todas las posibilidades que le abría aquella máquina. Podría volver atrás al momento en que dejó de estudiar para acompañar a su esposo a aquel país extraño. O aún más atrás, antes del momento en que lo conoció y se enamoró de él. ¡Había cambiado tanto! Cuando llegó de profesor agregado a la facultad, aquel hombre buen mozo y galante de acento caribeño las cautivó a todas. Y fue a ella a quien terminó eligiendo, que lo aceptó llena de orgullo.  

Nunca pensó que ese hombre escondía al machista retrógrado que se reveló a sus anchas apenas se mudaron. En el country le esperaba una vida de subordinación donde sus propios intereses siempre quedarían en último lugar. El amor que María sentía por Pedro se había visto deteriorado los últimos años: ella ponía de un lado la nostalgia por su familia, sus amigos y su entorno anterior, y del otro con su vida cotidiana actual, y la balanza le daba cada vez más desfavorable. Pero era cobarde y no se animaba a tomar la decisión de dejarlo y volver a casa sola, con la cola entre las patas. Había tantas cosas en juego...  Iba a tener que reconocer que Juan tenía razón, que no podía casarse con un hombre que apenas conocía. Y también iba a desilusionar a su madre, que por primera vez estaba contenta con ella porque había conseguido un “buen partido”. Seguramente su madre le diría que la vida se hizo para sufrir y que María era una blandita, una estúpida soñadora que en vez de aprovechar la posición acomodada que le daba su marido: esa vida de película en el country, con la enorme piscina, las fiestas, el derroche; prefería enredarse en ideas fantasiosas y superfluas como la utopía del amor eterno y de una vida en pareja ideal, donde cada uno tuviera espacio para crecer como individuo. 

Por todo esto a María le parecía muy tentadora la oportunidad de volver el tiempo atrás y deshacer todo, como si nunca hubiera ocurrido. Y comenzar de nuevo joven, limpia de su historia. Borrón y cuenta nueva.
Ensimismada en estos grandiosos proyectos, la sobresaltó el timbre que sonó con fuerza.
_¡Las invitadas! Bueno, primero lo primero – pensó María, y giró la perilla de la máquina para setearla una hora hacia atrás.
De ese modo podría sacar la torta del horno antes que se quemara y tendría algo para servirle a las arpías. De nuevo el remolino y el parpadeo de luces. Dejó los ojos cerrados y preparó las narinas para sentir el delicioso aroma de la torta en el horno pero lo que le llegó fue un penetrante olor a quemado. Era sin embargo, un olor diferente al de la torta carbonizada, más ácido y metálico. El alma se le vino al piso cuando abrió los ojos y vio que provenía de la procesadora, que despedía un delgado hilo de humo por las ranuras traseras y tenía el display apagado.

Apagó el horno, sacó la torta que estaba en su punto justo y mientras la desmoldaba gritó furiosa:
-¡La puta que te parió Emilia, siempre comprando cascarrias en los remates que se rompen después de un par de usos!