viernes, septiembre 11, 2015

Sopla



Me bajé del ómnibus un poco malhumorada pensando en las cuatro interminables cuadras que me separaban de casa. Me enchufé los auriculares y puse música indie como para hacer más llevadero el trayecto. Era ya casi de noche, una tardecita calurosa de fines del verano, con el sol tiñendo de rojo el cielo y los insectos zumbando a full. Comenzaban a acumularse en las veredas las primeras hojas secas que anticipaban el otoño inminente. Estación que odio desde lo más profundo de mi ser.
Pero a mitad de camino me topo con una imagen un poco inusual. Un vecino de treinta y pico de años, vestido con bermudas verde militar, havainas en los pies y sin remera, está “barriendo” las hojas de la vereda con una sopladora eléctrica. Verlo sostener la sopladora a la altura de su cintura, debajo de su pecho velloso y bien formado, tensando los pectorales y bíceps, de inmediato activa mis glándulas ratoniles. La canción suave y melodiosa de mi mp3 se convierte en la provocadora “I’m too sexy” de Right Said Fred mientras el hombre, con total desconocimiento de su avasallante sensualidad, mueve en cámara lenta de izquierda a derecha su espectacular aparato de motor naranja y cañón negro.   
Cruzo de vereda para no interrumpirlo, igual él está en su mundo y nada lo interrumpe. Camino despacio para extender lo más posible el momento. Un paso más y la música se interrumpe de golpe como si alguien sacara la púa del tocadiscos de un manotazo: el hombre apagó la máquina y se metió a su casa, en silencio.
En la cuadra siguiente no hay más que una doña con ruleros barriendo la vereda con una escoba deslucida.
Igual yo no la veo porque sigo atrapada en mi sueño dorado de hojas secas.

 

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