miércoles, noviembre 25, 2015

Conflicto bélico



Esa tarde cuando mamá llegó de trabajar me encontró sentada en la escalera. El edificio era de tres pisos, sin ascensor, y nosotras vivíamos en el tercero. Yo había huido del apartamento a causa de un conflicto bélico y por eso estaba allí, atrincherada en los últimos escalones.
Cual refugiado en una embajada extranjera, me había dispuesto a esperar el arribo de las fuerzas aliadas, que por fin llegaban: “¿Qué hacés sentada acá afuera? ¿Qué pasó?”

Recapitulé mentalmente lo ocurrido... A mediodía salí de la escuela, llegué a casa, me calenté los fideos de la noche anterior en la sartén (agregando un chorro de leche para que no se sequen, como me enseñó la abuela). Terminé de comer y ya me iba al dormitorio a jugar, cuando la vi. Y ella, mi peor pesadilla, también me vio. Incluso me saludó moviendo sus antenas. Yo me quedé petrificada, pensando en qué hacer. Era una criatura monstruosa, negra y gigantesca que estaba en medio del pasillo obstruyéndome el paso. Su cuerpo estaba cubierto por una coraza gruesa, dura y brillante.
Nos miramos durante unos segundos que parecieron horas, como dos cowboys batiéndose en duelo de muerte: un movimiento en falso podía costarnos la vida.

Desenfundé yo primero, tratando de alcanzarla de una patada. Pero calculé mal y mi pie aterrizó a unos pocos centímetros de distancia, ella aprovechó a contrataacar y se me vino encima, blandiendo sus temibles antenas con aún más fuerza. Horrorizada salí corriendo a la cocina a buscar refuerzos. Volví con una escoba, y sin titubear le propiné dos o tres escobazos seguidos. Esta vez sí dí en el blanco. Pero no obstante mi contrincante seguía allí, impávida, con la mirada aún más desafiante.
Entonces el miedo se transformó en terror y decidí batirme en retirada.  Recolecté algunos juguetes y mi mochila para poder hacer los deberes, y abandoné el campo de batalla para refugiarme en la escalera, donde estaba ahora.

Pero no fue necesario entrar en detalles sobre aquel terrible drama épico, a mamá le bastó que le explicara, entre sollozos: “¡Adentro hay… una cucaracha… que me miraaaaaa!”, para ponerse enseguida en acción, entre asombrada, divertida y conmovida.
Me tomó de la mano, abrimos la puerta despacito y de un firme y certero pisotón mató a la temible cucaracha, que seguía ahí en el pasillo.

Abracé fuerte a mi heroína y alzando cual mástil la escoba declaramos juntas la victoria, saltando de alegría mientras sonaba una diana de trompetas al fondo y un millar de papelitos brillantes de colores caían del techo.

No hay comentarios.: