...tengo que contarles que por un problema de agenda no estoy yendo más al taller de Escritura.
Tampoco estoy pudiendo escribir cuentos, este año de por sí ya venía escribiendo muy poco, y capaz también fue una causa de que dejara de intentar maneras de no abandonar (correr de un lado a otro, llegar siempre una hora tarde, etc), aunque ahora es también una consecuencia.
Estaba con toda esa angustia de no poder escribir y no poder ir más al taller (sumada a la depresión que se ve me generan los años impares, no sé), cuando me encontré con un artículo en la revista lento.uy que hablaba del Contact Improvisation y un taller de Mariana Casares relacionado con la escritura. Llegué tarde para hacer ese taller (ya había terminado), pero estoy yendo a sus clases regulares de Contact, donde también escribimos, aunque solamente cinco minutos antes y cinco minutos después de bailar.
En esos cinco minutos obviamente sólo hay tiempo para poner en el papel cada palabra que se te cruza, sin pensarlo dos veces, o a lo sumo bajar lo que hay en el "buffer". Pero así como bailar, el ejercicio está bueno y es liberador. Voy a postear algunas de esas instantáneas acá.
Y si quieren saber algo más sobre el Contact Improvisation http://nancystarksmith.com/ es su creadora (una capa), y hoy empezó una nueva edición del taller CIX que hice hace un par de años.
sábado, julio 20, 2013
miércoles, junio 19, 2013
Feliz día, abuelos
Una sonrisa para sus ovejitas
Son como mil gracias para el corazon
porque son maestras y filosofia
diciéndonos como caminar en el camino de la vida
Ella es la abuela, la abue la abuelita
la que se sienta en el sillón de roble,
la que se duerme como un angel,
La imagen serena
Poema que escribió Vale (8 años) para sus abuelas
sábado, junio 15, 2013
Me encantan los diseños de Tang Yau Hoong, por ejemplo:
Hay más acá: http://tangyauhoong.com o acá: http://tangyauhoong.tumblr. co
Actualizado: se pueden comprar remeras de este u otros diseñadores copados (mandan a Uruguay), en http://www.threadless.com/
martes, junio 11, 2013
De todas partes
Valentina (8 años) vino de la escuela copada con esta canción que le enseñaron:
- ¡Ah! ¡Yo la conozco! También la aprendí cuando era chica en la escuela - le contesté, y me puse a cantar - "De todas partes vienen los orientales, también los de la Luna y los de Marte".
- ¡¡DE LA LUNA Y DE MARTE!! ¿Estás loca, mamá?
Todos los que estaban en casa tampoco podían creerlo. Terminamos llorando de la risa.
- ¡Es así, les juro que yo la aprendí así! - insistí. Me parecía raro, pero estaba convencidísima. Más que nada porque yo hice mitad de la escuela en tiempos de dictadura, y esta canción era muy izquierdosa para que las maestras se animaran a enseñarla en aquel momento.
Mientras comiamos, un rato después, me di cuenta lo que me pasó: mezclé la letra con la de esta otra canción. ¡No me culpen, las melodías son parecidísimas!
- ¡Ah! ¡Yo la conozco! También la aprendí cuando era chica en la escuela - le contesté, y me puse a cantar - "De todas partes vienen los orientales, también los de la Luna y los de Marte".
- ¡¡DE LA LUNA Y DE MARTE!! ¿Estás loca, mamá?
Todos los que estaban en casa tampoco podían creerlo. Terminamos llorando de la risa.
- ¡Es así, les juro que yo la aprendí así! - insistí. Me parecía raro, pero estaba convencidísima. Más que nada porque yo hice mitad de la escuela en tiempos de dictadura, y esta canción era muy izquierdosa para que las maestras se animaran a enseñarla en aquel momento.
Mientras comiamos, un rato después, me di cuenta lo que me pasó: mezclé la letra con la de esta otra canción. ¡No me culpen, las melodías son parecidísimas!
El lobo de los cuentos
El Lobo golpeó la puerta y como nadie contestó, abrió la puerta y entró. Fue directo al dormitorio, para verificar si la Abuelita en realidad estaba allí durmiendo y no había oído. Pero no, no estaba.
Escuchó llegar a alguien y corrió a esconderse dentro del ropero. Pero grande fue su asombro al encontrar varias personas allí dentro. A la primera que vio fue a Caperucita.
_¡Shh! Estoy aquí escondida porque estamos jugando al cuarto oscuro con mi primo Capuchón Azul. Si no me encuentra en los próximos dos minutos va a perder porque se le acaba el tiempo – y dicho esto acurrucó silenciosamente en el rincón más apartado del ropero.
El lobo se quedó pensando que cuando entró no había visto ningún otro niño en el cuarto, que era de día y las persianas estaban levantadas, así que de oscuro no tenía nada. Pero no dijo palabra.
Cuando miró hacia su izquierda, vio que estaba también en el ropero el Leñador, sentado en el piso con los brazos cruzados sobre las rodillas y cara de mucha preocupación. Y un poco más lejos otro niño, que vestía una campera azul y llevaba la capucha puesta “¡Éste debe ser el primo de Caperucita!”, pensó.
Y de pronto desde el fondo del ropero se oye una voz de viejecita:
_¿Dónde está mi tapado de piel? Lo necesito para ir a jugar al Casino… ¡Ah, aquí está! – dice al mismo tiempo que le da un tremendo pellizcón al Lobo.
El Lobo aulló de dolor “¡Auuu!”, llamando la atención del resto de los integrantes del ropero, que hasta ese momento no sabían de su coexistencia en el pequeño recinto.
_Capuchón, ¿qué hacés acá escondido? Me tocaba esconderme a mí, vos me tenías que buscar, ¡boludo!
_Pa, con razón no me encontrabas más, yo ya me estaba aburriendo acá quietito…
El único que continuaba callado y sólo se escuchaba sollozar rítmicamente, era el Leñador.
_¿Qué le pasa, m’hijito querido? – le dice la Abuelita (que en realidad era su madre).
_Es que quiero salir de este ropero pero no me animo.
Se hizo un silencio, y al Lobo, que sabía mucho de sicología y de la vida en general, se le ocurrió una idea. Y eligió uno de los vestidos más coquetos de la Abuela, de esos que ya no usaba hace años pero seguía guardando por nostalgia. Le ayudó a ponérselo y él accedió feliz. También le colocó un sombrero con plumas y unas sandalias con tacos, que le quedaban medio talón más chicas pero no importaba, eran preciosas.
Se quedaron los cinco en el ropero charlando y contando historias de miedo. El Lobo alumbró su cara desde abajo con una linterna que sostenía entre las piernas, puso sus dedos índice y pulgar en los párpados y los meñiques en la comisura de los labios, estirando al mismo tiempo los ojos y la boca, como haciendo una mueca de monstruo.
_Pero Lobo… ¡Qué ojos y boca tan grande tienes! – le dijo Caperucita en tono burlón y todos rieron. El Lobo también rió, pero el aire ya viciado del ropero y los cuentos de miedo le habían provocado tanta excitación que su risa se transformó en un salvaje rugido:
_¡Tengo hambre! – y esta vez sí que todos se asustaron, porque se le transformó la cara de verdad. Tenía los ojos inyectados en sangre, la lengua afuera y la boca abierta dejando ver sus afilados colmillos, de entre los cuales colgaba un hilo de baba. Todos menos Caperucita, que le ofreció un bizcocho de su canastita:
_Tomá, están riquísimos, los hizo mi mamá. Tengo la canasta llena, pero mejor salgamos y los comemos en la mesa del comedor, hace calor acá adentro.
El Lobo accedió encantado y salieron todos juntos del ropero. Incluído el Leñador, ya aliviada la cara de angustia, y a sus anchas con su vestido y zapatos nuevos. Como si los hubiera usado toda la vida.
Escuchó llegar a alguien y corrió a esconderse dentro del ropero. Pero grande fue su asombro al encontrar varias personas allí dentro. A la primera que vio fue a Caperucita.
_¡Shh! Estoy aquí escondida porque estamos jugando al cuarto oscuro con mi primo Capuchón Azul. Si no me encuentra en los próximos dos minutos va a perder porque se le acaba el tiempo – y dicho esto acurrucó silenciosamente en el rincón más apartado del ropero.
El lobo se quedó pensando que cuando entró no había visto ningún otro niño en el cuarto, que era de día y las persianas estaban levantadas, así que de oscuro no tenía nada. Pero no dijo palabra.
Cuando miró hacia su izquierda, vio que estaba también en el ropero el Leñador, sentado en el piso con los brazos cruzados sobre las rodillas y cara de mucha preocupación. Y un poco más lejos otro niño, que vestía una campera azul y llevaba la capucha puesta “¡Éste debe ser el primo de Caperucita!”, pensó.
Y de pronto desde el fondo del ropero se oye una voz de viejecita:
_¿Dónde está mi tapado de piel? Lo necesito para ir a jugar al Casino… ¡Ah, aquí está! – dice al mismo tiempo que le da un tremendo pellizcón al Lobo.
El Lobo aulló de dolor “¡Auuu!”, llamando la atención del resto de los integrantes del ropero, que hasta ese momento no sabían de su coexistencia en el pequeño recinto.
_Capuchón, ¿qué hacés acá escondido? Me tocaba esconderme a mí, vos me tenías que buscar, ¡boludo!
_Pa, con razón no me encontrabas más, yo ya me estaba aburriendo acá quietito…
El único que continuaba callado y sólo se escuchaba sollozar rítmicamente, era el Leñador.
_¿Qué le pasa, m’hijito querido? – le dice la Abuelita (que en realidad era su madre).
_Es que quiero salir de este ropero pero no me animo.
Se hizo un silencio, y al Lobo, que sabía mucho de sicología y de la vida en general, se le ocurrió una idea. Y eligió uno de los vestidos más coquetos de la Abuela, de esos que ya no usaba hace años pero seguía guardando por nostalgia. Le ayudó a ponérselo y él accedió feliz. También le colocó un sombrero con plumas y unas sandalias con tacos, que le quedaban medio talón más chicas pero no importaba, eran preciosas.
Se quedaron los cinco en el ropero charlando y contando historias de miedo. El Lobo alumbró su cara desde abajo con una linterna que sostenía entre las piernas, puso sus dedos índice y pulgar en los párpados y los meñiques en la comisura de los labios, estirando al mismo tiempo los ojos y la boca, como haciendo una mueca de monstruo.
_Pero Lobo… ¡Qué ojos y boca tan grande tienes! – le dijo Caperucita en tono burlón y todos rieron. El Lobo también rió, pero el aire ya viciado del ropero y los cuentos de miedo le habían provocado tanta excitación que su risa se transformó en un salvaje rugido:
_¡Tengo hambre! – y esta vez sí que todos se asustaron, porque se le transformó la cara de verdad. Tenía los ojos inyectados en sangre, la lengua afuera y la boca abierta dejando ver sus afilados colmillos, de entre los cuales colgaba un hilo de baba. Todos menos Caperucita, que le ofreció un bizcocho de su canastita:
_Tomá, están riquísimos, los hizo mi mamá. Tengo la canasta llena, pero mejor salgamos y los comemos en la mesa del comedor, hace calor acá adentro.
El Lobo accedió encantado y salieron todos juntos del ropero. Incluído el Leñador, ya aliviada la cara de angustia, y a sus anchas con su vestido y zapatos nuevos. Como si los hubiera usado toda la vida.
viernes, junio 07, 2013
Pulpo 2
Y si no le gano por aburrimiento, también lo puedo acribillar a chistes malos (ese sería el plan C).
O amenazaría a su familia (plan D): La Pulpa de Naranja, el Pulpón de vacío, el Púlpito de la Iglesia, la Pulpería del barrio y la Pulpotomía del odontólogo.
Bah, sigue siendo plan C, a quién engaño.
O amenazaría a su familia (plan D): La Pulpa de Naranja, el Pulpón de vacío, el Púlpito de la Iglesia, la Pulpería del barrio y la Pulpotomía del odontólogo.
Bah, sigue siendo plan C, a quién engaño.
Pulpo
Como verán, cambié de nuevo la imagen del blog.
Un pulpo gigante me tiene atrapada con sus múltiples tentáculos.
Trato de zafar, pero me apreta cada vez más fuerte. Me va sumergiendo en las profundidades.
Tengo un cuchillo en la mano, es mi única esperanza para cortar los gelatinosos brazos del pulpo. No sé si algún día voy a tener la fuerza suficiente para acuchillarlo, pero si no es de esa forma, seguro que le puedo ganar por aburrimiento: algún día se va a cansar, se va a ir y me va a dejar tranquila.
Un pulpo gigante me tiene atrapada con sus múltiples tentáculos.
Trato de zafar, pero me apreta cada vez más fuerte. Me va sumergiendo en las profundidades.
Tengo un cuchillo en la mano, es mi única esperanza para cortar los gelatinosos brazos del pulpo. No sé si algún día voy a tener la fuerza suficiente para acuchillarlo, pero si no es de esa forma, seguro que le puedo ganar por aburrimiento: algún día se va a cansar, se va a ir y me va a dejar tranquila.
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