jueves, agosto 05, 2010

Misconception

Elsa Balero














pero cómo?, Elsa no es nombre de mujer?

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Godzilla

   












pero cómo? silla va con "s" y no con "z"...

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Estaciones de Servicio

jueves, julio 29, 2010

Agosto

En Agosto, se cuenta la historia de tres hermanas, un poeta alcóholico, un hermano ilegítimo ignorado, una vieja adicta a las pastillas, un padre que fuma porro, una hermana con novio tránsfuga, un pariente que se suicida, otro viejo que se atraganta con un pedazo de carne, un tío bueno pero un poco paloma, una adolescente de la que intentan abusar.

Una mujer que desde afuera parece y quiere parecer tener una vida perfecta, pero en su interior es todo caos.

En un universo paralelo vive/vivió esa mujer. Del poeta, por fortuna, solo quedó aquél libro publicado. Más tarde apareció otra hermana ilegítima ignorada para quedarse a vivir con ella, como si tal cosa. Luego el viejo murió atragantado con el pedazo de carne, el novio tránsfuga heredó una fortuna y abandonó a su hermana. Y ella se entera, impotente y desconcertada, que el hermano ignorado está internado en un manicomio.
La ficción bordea los límites de la realidad, y de tanto en tanto, se entremezcla.

La familia Pérez Sosa

Escucho cantar a Vale (5 años) una canción que nunca había escuchado antes y le pregunto:
- Qué estás cantando?
- La canción de la familia Pérez Sosa, una familia muy haragana...
- Y dónde la aprendiste?
- Nada, la inventé yo, pero la música es la de "the wheels on the bus goes round and round".
(Me la canta, la letra evidentemente es un paye atrás de otro. Qué fichita!)

jueves, julio 15, 2010

Había entre los dos la simpatía más sincera que puede hacer entre un perro y su ama, pero es indiscutible que la mudez de las bestias es un estorbo para los refinamientos del diálogo. Mueven la cola; inclinan la parte delantera del cuerpo y elevan la trasera; ruedan, brincan, rascan, gimen, ladran, babean, inventan toda clase de ceremonias y de artificios, pero todo es inútil, porque lo que es hablar, no pueden. Acostando al perro en el suelo, Orlando meditó que ese era precisamente el defecto del gran mundo en Arlington House. Ellos también mueven la cola, saludan, ruedan, babean y rascan, pero lo que es hablar no pueden: "todos estos meses que he andado en sociedad, no he escuchado una sola cosa que mi perro no hubiera podido decir. Tengo frío. Tengo hambre. Me siento feliz. He cazado una laucha. He enterrado un hueso. Dame un beso en el hocico".
Y eso no bastaba.

Fragmento de Orlando - Virginia Woolf 1928

sábado, junio 26, 2010

Deportes en el recuerdo

Que Uruguay esté nuevamente en octavos de final en un mundial despertó en mí ajados recuerdos del año 1990.
Las rateadas al Bauzá para ir en patota a jugar al pool a la cantina del Club Bella Vista eran la mayor diversión. Comprábamos golosinas en el kioskito de enfrente, de la madre y hermanos de Santiago Ostolaza, nosotros orgullosas de conocer de cerca al "famoso".
Esa fue la única época donde tuve algún interés por el fútbol: en mi familia a nadie le llamaba la atención (excepto mis abuelos varones), por lo cual de chica no me lo inculcaron, y después de grande volví a perder el interés. Tan así que si hoy me preguntan de qué cuadro soy contesto "de ninguno".
La barra estaba formada por Laura, Mariana, Johana, Viviana, Oscar, Martín, Daniel y yo. Y por coincidencia fue unos meses después, por un jugador de fútbol, que se perdió para siempre la amistad entre dos de esas amigas.

En cuanto a mí, yo todavía no había pasado de pantalla, era más infantil. Nunca había tenido novio y a pesar que fantaseaba con mil amores, me aterraba sobremanera la idea.
Fue entonces que un día Oscar trajo a Néstor al pool. Flaco, pálido y de ojos color verde miel. No se cómo pero empezamos a hablarnos todos los días horas y horas por teléfono, mi teléfono rojo de disco que ya era una antigüedad en ese entonces. Hasta que un día concretamos una cita: que otro paseo que la rural del prado, bastión de los alumnos del Bauzá. Nos encontramos en la esquina llena de gente, cruzamos al almacén y compramos una paso de los toros.

Nunca entramos a la rural. Nos quedamos sentados frente a frente en un banquito de cemento al lado de la biblioteca Aurelia Viera, simplemente conversando tal como lo hacíamos por teléfono pero ahora mirándonos a los ojos. La conexión además en de las palabras la sentíamos en el aire.
Ya estaba anocheciendo cuando nos despedimos (con un beso en la mejilla obviamente); los dos supimos que ese momento mágico nos iba a durar para siempre y sin pactarlo, felices, nunca más nos volvimos a ver ni a llamarnos por teléfono a partir de esa tarde.