lunes, diciembre 09, 2013

Tortugas al rescate

Una tarde, estando de vacaciones en el pueblo de mis abuelos,  salimos a pasear en moto con mi mamá. Acabábamos de cruzar la avenida principal, cuando desde el asiento de atrás le lancé la pregunta matadora:

_Mamá: ¡quiero un hermanito!

Ella clavó los frenos del susto, pero la frenada le sirvió para cambiar de tema: "Pensé que ese gato de la esquina se me iba a tirar adelante". Con eso ganó algunos minutos para decidir la respuesta a mi pedido.

_Un hermanito da trabajo, ¿estás segura? Llora de noche, hay que lavarle los pañales, darle la mema…

_Bueno – dije, cambiando fácilmente de idea - ¡Entonces quiero una tortuga!

Ella por respuesta solamente se rió. Deduje que el trato le había parecido bueno porque un par de semanas después, ya de regreso en Montevideo, apareció con un recipiente de vidrio donde nadaban dos pequeñas tortugas de agua. La más grande era de un color verde tirando a sepia, en cambio el color de la más chica era mucho más oscuro y brillante. Las bautizamos Catalina y Penélope, en ese orden.

Yo estaba entusiasmadísima con mis nuevas mascotas. Las sacaba de la pecera y las ponía sobre mi mano para que me rascaran la palma con sus uñas. También probaba colocarlas una junto a la otra sobre el piso para que jugaran carreras entre ellas, cosa a la que nunca accedieron, sólo atinaban a deambular sin rumbo fijo.

Los meses pasaron y llegó el invierno. Las tortugas habían dejado de comer y esto lo atribuímos a un estado de hibernación propio de la época del año.  Pero sin embargo no parecían dormir, ya que todavía se movían, aunque más lentamente que de costumbre. Percibimos que la caparazón de Catalina se iba quedando cada vez más blanda, hasta que un día murió. Con una emotiva ceremonia en el baño nos despedimos de ella tirando la cisterna del wáter. Para cuando Penélope empezó con los mismos síntomas, ya estábamos resignados y anticipamos que a los pocos días repetiríamos el ritual.

 

No quisimos reincidir con las tortugas. Yo varias veces pedí otras mascotas pero mi madre no quería saber de nada con perros o gatos porque decía que era un crimen tenerlos encerrados dentro de un apartamento. También probé suerte pidiendo peces, pero ella contestaba que ni loca, que nada le daba más asco que el olor del agua de las peceras.

Unos cuantos veranos después, en un paseo en moto por el pueblo muy parecido al de aquella vez, le tocó a mi madre dejar caer la bomba:

_Vas a tener un hermanito, ¡como vos querías!

La verdad que fue una noticia muy inesperada. Yo ya tenía catorce años y pensaba que ya no iba a tener más hermanos, no podía creerlo. Además, mi madre tenía como treinta y cinco años, para mí ya era una vieja. Pero después del shock inicial, me entusiasmé y empezamos con todos los preparativos con mucha alegría. Cuando nació como yo era grande ayudaba a cuidarlo, a darle de comer, bañarlo y cambiarlo. También jugaba con él y le leía cuentos.  Era muy pícaro pero dentro de todo se portaba bastante bien.

 

Mi amiga Laura era como otra hermana mayor para mi hermanito. Fue la primera en conocerlo cuando nació, porque cuando mi mamá llamó a casa para avisar que se había ido a internar, yo la llamé para avisarle y ella llegó antes que yo al sanatorio. Éramos compañeras de liceo y pasábamos todo el día juntas, siempre inventando diabluras.  Una tarde que habíamos quedado de niñeras nos pusimos a ver la película "IT". Mi amiga ya la había visto y me aseguró que aunque era de terror no había imágenes de sangre o violencia, y que como había un payaso podía pasar por una película para niños. Pero no hubo forma de engañarlo, porque a la segunda o tercera vez que apareció el payaso, él ya estaba asustadísimo y gritaba:

_¡Patato malo!

_Nooo, es bueno… ¡Mirá como va a buscar al niño para jugar! ¡Es un payaso bueno!

_No, ¡patato malo! – lloraba.

Entonces cortamos la película para terminarla de ver en otro momento, pero a él lo poco que vio le alcanzó para tenerle miedo a los payasos por varios años.

Otro día que de nuevo nos tocó cuidarlo, ya era un poco más grande y estaba insoportable. Nos hacía bromas, nos lanzaba o quitaba cosas, muerto de risa, corriendo por toda la casa.

_¡Si no te quedás tranquilo te vamos a atar! – le dijo mi amiga.

_¡Atame! – dijo él, copado.

Entonces trajimos una silla, lo atamos y  nos sacamos una foto apuntándole con un cuchillo como forajidos con su prisionero. El seguía muerto de risa pero por lo menos se quedó quieto un rato.

Cuando mi madre reveló las fotos quedó horrorizada, nos quería matar.

_¿Cómo le vas a hacer esto a tu hermano? ¡Es una herejía!

Luego de explicarle y ver en la foto la sonrisa de oreja a oreja del niño y las nuestras se tranquilizó, estaba claro que había sido solo un juego, y muy divertido para todos.

 

Pero pronto la diferencia de edad se hizo notar más y cada vez jugábamos menos juntos. Yo ya iba a la facultad y me pasaba estudiando el resto del día, él iba a la guardería y después lo cuidaba una niñera. Sospeché que entonces se aburriría solo, y que debe haber llegado a hacer el mismo pedido que yo de chica, porque un día Luis (el nuevo novio de mi mamá), se apareció con una tortuga. Le llamamos Déborah, porque devoraba las moscas, lombrices y caracoles que le dábamos de comer, además del preparado especial que le comprábamos en la Veterinaria.

Después de lo que había pasado con las anteriores no teníamos grandes expectativas de que viviera demasiado. Pero contra todo pronóstico, pasaron dos inviernos y estaba bárbara. Mi madre la seguía sobreprotegiendo, a tal punto que un día mi hermano quiso llevarla a la escuela para estudiarla en clase, y ella no quiso porque "Se va a agarrar alguna peste con todos esos niños toqueteándola". Como él ya le había prometido a la maestra llevarla y a mi madre le daba vergüenza confesar que no quería dejarla ir, fue a comprar una tortuga nueva especialmente para tal fin. "Después igual nos la quedamos, así le hace compañía a Déborah".

Su corazonada no fue errada: en efecto la tortuga conejillo de indias murió dos semanas después de aquella visita a la escuela.

 

Unos años más adelante, la familia estaba revolucionada porque habíamos vendido el apartamento y nos mudábamos. Yo me iba a vivir sola a un apartamento más cerca de la facultad, y mi madre se mudaba a la casa de Luis con mi hermano y la tortuga, para comenzar una nueva etapa. Habíamos armado flor de revuelo entre el camión de mudanza de ellos, la camioneta que llevaría las cosas mías, las decenas de cajas y muebles, los vecinos que se acercaban ya sea para ayudar o sólo para curiosear, y los niños y perros correteando alrededor de toda la escena. Cuando ellos llegaron a la nueva casa, después de descargar todo y sentarse a descansar, se dieron cuenta de que faltaba Déborah.

Me llamaron por teléfono para ver si por error la habían cargado en la camioneta con mis cosas.

_No, para acá no vino...

Llamaron también a una vecina para pedirle que fuera a mirar si la encontraba cerca de la entrada del edificio o en la escalera. Pero al rato llamó diciendo que no la había podido encontrar por ningún lado.

Al otro día mi madre y Luis volvieron al barrio para seguir buscándola. Dentro del apartamento tampoco estaba. La única opción era que alguien la hubiera encontrado en la calle y se la hubiera quedado, con tortugario y todo.

Todos estábamos muy angustiados. Mi madre no vaciló y comenzó a escribir carteles: "Tortuga extraviada el día 5 de abril, en la Calle 1 cerca de la Escuela. Llamar al teléfono 385888. Se gratificará". Mientras pegaba los carteles la gente que los leía no podía evitar la risa. Una tortuga tan veloz como para escaparse y perderse, parecía increíble.

 

Pero su tenacidad dio frutos y pronto apareció el rescatista: una señora y su hijo que vivían en el edificio de enfrente, nos contaron que jugando a la pelota el niño se había topado con el tortugario en el jardín de nuestro edificio, y se la llevó para su casa.  Fuimos contentos a buscarla, pagando el rescate prometido. Mi madre siempre bromea que fue la tortuga más cara de la historia, porque la pagaron tres veces: la primera cuando la compraron, la segunda cuando le consiguieron una doble de riesgo y la tercera con aquel rescate.

 

Ya pasaron casi quince años y la tortuga sigue con nosotros. Luis le cambió dos veces el recipiente por otro más grande, hasta que al final le terminó construyó un pequeño estanque de cemento en el jardín. Mide unos treinta centímetros de largo. Cuando le hablan (especialmente Luis que es a quien reconoce como su amo), levanta la cabeza y mira con atención. Cuando la acarician, en vez de esconderse dentro del caparazón como otras tortugas, se estira y parece disfrutarlo. El perro, que llegó después y siempre le tuvo celos, se pone como loco cuando nos ve con ella.

 

Algunas veces, con sentimiento de culpa, nos preguntamos si al estar tan grande no viviría mejor en libertad. Pero la veterinaria nos dijo que si la liberábamos correríamos el riesgo de que al estar tan domesticada, no sobreviviera por sus propios medios.

 

Desde entonces ya nos pusimos a planificar agrandarle el estanque dentro de unos años. Al mismo tiempo estamos armando la lista de herederos: por ahora los favorecidos son en primer lugar mi hermano y luego mi hija mayor. Es probable que en esa lista terminemos agregando a nuestros nietos, porque como las tortugas viven más de cien años, por suerte va a estar en nuestra familia por muchas generaciones.

domingo, octubre 27, 2013

Historia del reloj de campo y el reloj de la ciudad

El reloj de la ciudad está apurado, está estresado. Las manecillas giran como locas en su esfera. Aún cuando está quieto le tiemblan. Tiene tránsito lento, tiene atascado un montón de mierda que no lo deja moverse con libertad, llega siempre tarde a todos lados. Engulló el almuerzo en dos minutos y la comida le cayó mal. Es la gastritis, le duele mucho. Salió corriendo para una reunión de trabajo.

El reloj de campo va lento, muy lento. Las horas no le pasan más. Tiene las manecillas ásperas y llenas de callos por el trabajo forzado. Se levanta a las cinco de la mañana cuando sale el sol para ordeñar las vacas. Las praderas todavía están totalmente blancas por la helada. Hace frío y en la aguja de la hora se le forma una estalactita de escarcha. Se mueve lento, cada vez más lento, está viejo y achacoso. Cuando el balde de leche ya está lleno se dirige a la pieza de los peones. Enciende la cocina a leña para hervir el agua para el mate y de paso caldear el lugar.

El reloj de ciudad llegó tarde a la reunión. “Este tránsito de mierda”. Su jefe, que justo llegó temprano, raro en él, le roció una larga meada de reproches. Sintió que iba a tener sus ojos en la nuca todo el día y frunció aún más el ceño. Cuando salió de la reunión, lo esperaba una tarea repetitiva y monótona para el resto de la jornada. Su espalda se contracturó de solo pensarlo.

El reloj de campo tomaba mate y comía galleta de campaña, como podía porque le quedaban pocos dientes. Pronto tenía que salir a matar un cordero para el patrón, que llegaría mañana con un montón de invitados a almorzar. Ahora de viejo se había puesto blandito, y le daba pena matar a aquel bicho, por lo que estaba postergando lo más que podía el momento.

El reloj de ciudad había perdido el tren y estaba furioso. Había sido el sábado pasado, pero aún estaba furioso. Iba de visita con toda la familia a la casa del abuelo Big Ben en el tren de la hora 9. Estaba en la estación con los pasajes comprados, terminando de acomodar la valija pues había salido de casa, como siempre, a las apuradas. En eso el tren arrancó, sin previo aviso, el reloj lo corrió pero fue imposible alcanzarlo (y aunque lo alcanzara, tampoco era idea muy sana saltar a un tren en movimiento, con su esposa y sus hijos). En la boletería una señora fea con sonrisa falsa le dijo que el siguiente tren salía recién a las 18 horas. No le daría el tiempo de llegar a lo del abuelo, que ya tendría que estar emprendiendo el regreso. Tuvo que volverse a casa de cara larga y agujas caídas. Pasó todo el fin de semana amargado, peleando y discutiendo con su familia.

Llegó el gran día, el cordero ya estaba sobre la parrilla, salado y adobado esperando para comenzar a asarse. El patrón llegó con todos sus empleados de la empresa, entre ellos el reloj de ciudad, todavía con cara de enfurruñado. Y así fue como el reloj de campo y el reloj de ciudad se conocieron, y se dieron cuenta de que eran dos versiones distintas de la misma cosa. Los dos tenían el mismo anhelo secreto: “¡Ah! ¡Quién pudiera ser un reloj de arena, todo el año de vacaciones, disfrutando de la playa!”
 


lunes, octubre 07, 2013

El pistolero y la doña

 _Quedate callada y dale para adentro – le dice el ladrón a una señora, colocándole el arma en la espalda. La señora venía llegando a su casa con la bolsa de los mandados y tendría unos ochenta o noventa años, usaba lentes culo de botella y era bajita, rubia, alegre y regordeta.
_Ah, bueno, eso si que es difícil, hablo hasta por los codos, todo el mundo se queja de que los aturdo – responde la señora riendo y pronunciando estas palabras con velocidad, demostrando de que era cierto lo que decía.
_Shh, silencio, le dije que vamos para adentro – y para reforzar la orden le clava la pistola con aún más fuerza en la columna vertebral.
_Sí, sí, claro, entramos, ¿qué nos vamos a quedar haciendo en la vereda? – contesta mientras entra y cierra la puerta. – ¿Querés que te prepare un tecito, un café? Mate no te ofrezco porque no me gusta chupar de la misma bombilla que un desconocido. Vengo re cansada, supongo que vos también... ¡Qué día este!, ¿no? Mucho calor para estar en mayo.
_¿?
_¿Hace mucho que te dedicás a esto? ¿Te rinde? Los precios han subido tanto que está difícil para todos, supongo que ustedes no son la excepción – continúa hablando la doña, en el mismo tono afable desde el principio, mientras pone el agua a calentar y prepara los saquitos de té. – Debe ser dura la vida del chorro, siempre buscando la próxima presa, estresados, nerviosos de que salga bien y el botín valga la pena. Tomate el tecito, que se enfría. ¿Le ponés azúcar o endulcorante?
El chorro la miraba con ojos grandes, sin dar crédito a lo que escuchaba.
_Señora, muy rico el té, pero usted sabe que vine para otra cosa, y no tengo mucho tiempo... ¿Dónde está la plata?
_La Plata es una ciudad de la Provincia de Buenos Aires, creo que queda a unos 60 km de Buenos Aires ciudad, pensás viajar para allá?  Me dijeron que es muy linda ciudad, yo tengo una amiga, Queca, que vive allá y siempre me invita a visitarla pero nunca tuve oportunidad de ir. Viste que ahí también es donde vive la madre de la presidenta Cristina. Ay Cristina, pobre, se está quedando con la misma cara que tenía Menem: labios gruesos, cara de perro bulldog... ¿Será algún bicho que habita en la Casa Rosada que los pica y se transforman?
_Dale, ¡no te hagás la viva! Sabés que me refiero a la pasta, la guita – le grita, perdiendo un poco la paciencia y volviéndola a tutear.
_¿Pasta? Ah, tengo unos tallarines para la cena. ¿Te quedás a cenar entonces? Buenísimo, así me hacés compañía, sabés que ando tan sola últimamente... Soy viuda y no tengo hijos, sólo sobrinos, pero se pasan todo el día trabajando y no me dan bola,  sus niños menos… Cuando vienen a visitarme casi ni conversan, se pasan todo el día piqui-piqui con esos teléfonos de ahora. Y yo me aburro acá como un hongo. Ah, cucumelos tengo, si querés ponerle al té. Yo a veces le pongo al agua del mate, una pintita nomás cuando me quiero relajar porque es medio fuerte – se ríe con picardía y continúa. – Acá en el fondo de casa tenía una vaca. La tuve un tiempo, la ordeñaba todas las mañanas y tenía leche fresca para el desayuno, y para hacer manteca y dulce de leche. Pero me la terminaron raptando los extraterrestres. No sé, no es que yo crea en los extraterrestres. Pero un día sentí un mugido y me asomé por la ventana y había una luz muy fuerte, como la del foco de Batman pero sin largar la forma de murciélago, que la apuntaba desde arriba y de la vaca se veían ya nada más las patitas colgando, el cuerpo como que se había levantado del piso. La luz lanzó un destello aún más fuerte que me encandiló y cuando recobré la visión zás, la vaca había desaparecido y yo seguí viendo las manchas negras y blancas dentro de mis ojos por un rato, tan machaza que fue la encandilada. Bueno, la cuestión es que me quedé sin vaca, pero ya había juntado una buena provisión de cucumelos que los dejé secar y los tengo ahí en la despensa. Los guardo con cuidado para que no se me mezclen con los champignones, sino después se los llego a poner a la salsa caruso de los ravioles de los domingos, cuando viene alguna hermana o sobrino a almorzar, y se armaría un relajo bárbaro. Mi hermana Pocha no me deja comer con sal, ni tomar whiskey, si se entera de los cucumelos ni te digo, me va a poner el grito en el cielo. Igual yo como y tomo de todo, ¡si la vida se hizo para disfrutar!
_A mí me parece que el cucumelo se lo mandó usted antes de ver a los extraterrestres llevándose la vaca… – le contesta el chorro, que se había quedado con esa imagen.
_No, no, qué va… Si a la vaca la vi clarito, clarito. Hasta me saludó con una pata. Hum... ahora que decís, eso sí es raro, que la vaca saludara.  Y bueno, capaz que sí, que fue todo una alucinación... Quién sabe... - Y sin dejarlo contestar continúa  - Bueno, no tengo nada de comer para convidarte, ¿pero no querés que haga unos sconcitos para comer con el té? Los hago rapidísimo.
_Bueno, me encantan los scones – el chorro estaba tan desorientado que ya se había olvidado a qué había venido – ¿Los hace con queso, no?
_Sí, sí, claro, con queso parmesano. Vas a ver qué ricos me quedan. 
El chorro se queda ojeando una revista, golpeteando la pistola sobre la mesita ratona, mientras la doña prepara los scones y los pone en el horno.
_Ya está, en veinte minutitos salen. Y vos, contame… ¿Dónde vivís? ¿De qué familia sos? Yo acá en este pueblo conozco a todo el mundo, seguro los conozco – le dice mientras agarra el diario. – ¡Ah! El horóscopo de hoy, todavía no lo he leído. Yo soy de libra sabés, por lo equilibrada – se ríe a carcajadas. – ¿Y vos?
_Del 13 de abril, creo que es Aries.
_¡El cornudo! ¿Tu novia donde anda?, jaja –sigue riendo. – A ver, empecemos por el mío: “A veces te pones pesado hablando sin parar de cosas que a la gente no le interesa. Debes empezar a simplificar si no quieres aburrir a todo el mundo.” ¡Muy cierto!  – los dos se ríen. –Y el tuyo: “Recibirás noticias de una persona que no conoces demasiado y que desea acercarse más a tu vida. Es probable que te sientas bien si te atreves a conocerla.”
Se quedan los dos en silencio, al ladrón pensativo se le van llenando los ojos de lágrimas.
_Usted me hace acordar a mi abuelita, ella siempre me leía el horóscopo del diario. Murió hace tres años, era la única persona que tenía en este mundo. ¡La extraño tanto! Si me viera ahora se moriría de vergüenza, su único nieto…
La viejita se acerca masticando un scón, con los dientes postizos subiendo y bajando rítmicamente, le pasa la mano suavemente por el hombro y brazo, y vuelve de un click a seguir charlando como si nada. Le habla del clima, de su gato, le muestra fotos viejas, le cuenta la vida y obra de todos los vecinos…
_¡Ah, ya son las siete y diez! ¡La novela! – grita la anciana incorporándose de un salto inusitadamente ágil.
A los tres minutos ya se había quedado dormida en la silla. El ladrón percatándose de esto, se dirige al dormitorio. Regresa con una manta que le coloca sobre las piernas, la despide con un beso imperceptible en las arrugas de la frente.
Ese día se va de la casa con las manos vacías pero el corazón y la panza llenos. Desde ese entonces la visita todas las semanas, jueves de charla y scones hasta la nochecita.

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Cuento que escribí para el taller de escritura.
Las pronósticos los tomé de un horóscopo verdadero.







lunes, septiembre 16, 2013

¿Yerro o pronóstico futurista?

_¿El presidente acá en Uruguay se elige cada cuatro años? - pregunta Vale (8 años).
_No, cada 5 años. Cuando vos naciste en 2005 el presidente era Tabaré Vázquez. ¿Y después sabés quien vino? - contesta el papá
_¡Sí, sí, ya sé! ¡Pepe Mujica! - responde copada
_¡Y después vino Forlán! - acota Fede (4 años).

Así que ya saben: cuando dentro de unos años Forlán tenga que retirarse del fútbol por la edad, decida candidatearse y salga electo presidente, quién fue que lo dijo primero.

viernes, agosto 23, 2013

Muñeca de trapo

Soy una muñeca de trapo y mi cuerpo está vacío.
Pero me doy cuenta que no está bien así. Siento la necesidad de rellenarlo de a poco, para que tome forma.
Lo relleno con retazos de risas, de juegos con las niñas, de charlas con amigos, de bromas, de sexo con amor, de placer, de alegría, de escribir un cuento, de colgarme de un trapecio o una tela, de bailar contact, de mirar una película o una serie en la compu, de aprender algo nuevo, de coserme una pollera, de tomar unos mates, de comer chocolate, de acariciar a mi perra, de ayudar a alguien que lo necesita, de terminar un programa y ver que funciona bien y los usuarios están contentos, de encontrar por fin un error que se empeñaba en esconderse y corregirlo, de sentarme de cara al sol y tratar de absorber su calor por todas las células de mi piel, de leer un buen libro, terminarlo y pensar: "nunca voy a encontrar otro que me guste tanto" pero agarrar el siguiente y que me cope igual o más que aquel, de tirarme al agua transparente y tibia de olas enormes a jugar que me suban, me bajen, me arrastren y hasta me revuelquen por la orilla.
Estoy llena, todas esas cosas me llenaron y ya no soy un pedazo de trapo en 2D inerte,  ahora tengo vida, tengo movimiento, tengo tres dimensiones. Los brazos, los dedos, tienen forma y puedo tocar, puedo acariciar.

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Hasta que un día quiero moverme y ya no lo consigo. El relleno se apelmazó, dejando huecos por todos lados, la cabeza me cuelga mirando hacia abajo, quiero levantar los brazos pero solo logro sacudir los extremos, quiero mover las piernas para caminar un paso, pero son como de gelatina, se derriten y me caigo. Quedo aplastada contra el piso. El cerebro da la orden al cuerpo que se mueva pero éste no puede, los brazos y piernas fofos ya no pueden erguirse. Siento un peso muy grande que me aplasta, me asfixia, me acorrala. La espalda se volvió de velcro y está adherida firmemente al piso. Miro hacia el costado y ya viene el tren, silbando y echando humo por la chimenea, que se acerca rumbo a embestirme.

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Entonces llega alguien y me rescata, me cincha de una mano y me quita de la vía justo a tiempo. Saco todo el relleno apelmazado dentro de mi cuerpo porque ya no sirve, se enmoheció y tiene olor a podrido.
Soy una muñeca de trapo y mi cuerpo está vacío.





martes, agosto 20, 2013

Desovillando el ovillo sin fin

Corría el año 1815

Yo estaba sentada en una poltrona tejiendo, con los ovillos apoyados en el regazo, sobre mi vestido rosado de raso y miriñaque. Me dolía mucho la espalda y tenía las manos casi agarrotadas por el movimiento mecánico y repetitivo de las agujas.

De pronto uno de los ovillos resbaló y cayó al piso. Misha, el gato, lo atrapó de un salto y se lo llevó rodando por el damero de mármol del piso. Tomándome de sorpresa, las agujas se deslizaron de mis manos jaladas por el movimiento del ovillo y cayeron con estrépito.

Me levanté de la silla como impulsada por un resorte y corrí en su persecución. Misha bajó corriendo las escaleras y yo detrás, esquivando los trazos de lana cuyas agujas de las puntas rebotaban en los escalones irguiéndose como peligrosos floretes de esgrima. Pude atrapar una al vuelo, pero la lana se zafó y me quedé con la aguja en la mano, como pasmada.

La escalera parecía interminable, el gato seguía bajando los escalones saltando de uno a otro en zigzag, sin dejar de abarajar el ovillo entre sus patas, como haciendo malabares. Por fin llegó al rellano y me quedó esperando allí. Me miraba de frente con su rostro travieso mientras se lamía una pata. Recuperé el ovillo y me senté en el piso junto al gato, muerta de risa, acariciándolo.

El dolor de mi espalda y mis manos había desaparecido.

miércoles, julio 31, 2013

Hielo

Sonó el timbre, por la hora debía ser el repartidor de agua. 
Justo me estaba bañando. Hacía mucho frío, pero la ducha estaba calentita. 
Me apuré a terminar y le grité "¡Ya va!" Me vestí como una tromba pero para cuando abrí la puerta y salí, el repartidor se había convertido en hielo. Tenía escarcha colgando de sus cabellos, su barbilla y su ropa. La mano le quedó apoyada sobre la pared a la altura del timbre, aunque por suerte no presionándolo. 
En el camión habían estallado varias botellas de vidrio por el congelamiento, y ahora estaba cubierto por una hermosa cascada de hielo blanco. 
Pasó un perro de bufanda amarilla y roja, patinando en dos patas por el hielo de la calle. Me tendió la mano invitándome a patinar con él. Yo también me puse una bufanda, nos escabullimos por debajo del brazo del repartidor y salimos, patinando de la mano y haciendo piruetas, calle abajo.

sábado, julio 20, 2013

Nevado

Una montaña está frente a los ojos, ansío escalarla pero no tengo valor.

Hace calor aquí abajo, el sol está fuerte y brillante.
En cambio en la cima de la montaña hay hielo y oscuridad, pero sin embargo me atrae.

Un camino de tierra se pierde entre el frondoso pasto verde vibrante, subiendo la ladera.

Ya no tengo miedo, siento vigor.

Emprendo la marcha, feliz.

La isla

El silencio se puebla de susurros, cada vez más fuertes, cada vez más audibles. El canto lejano de miles de insectos, al parecer chicharras, comienza a escucharse con nitidez.

Flota en el lago el barquito de papel que esta mañana hicieron los niños.  Está nublado pero hay sol. Hace calor. En la aparente tranquilidad se respira una tensión aún desconocida.

Una mujer parada del otro lado de la orilla mira fijo el horizonte. El hombre la ve y quiere acercarse a ella, pero no sabe nadar.  El muelle marchito, de maderas podridas, dejó escapar el último bote hace algunos días. La mujer está atrapada en la pequeña isla, pero no lo sabe.
Ella sólo mira el horizonte con cara de nostalgia, no hace nada por salvarse, aunque pudiera.

Un pájaro de vuelo rasante derriba el barco de papel, que se llena de agua y se hunde, lentamente, hasta el fondo del lago.

Ya no queda nada por hacer.

Para ponernos un poco al día

...tengo que contarles que por un problema de agenda no estoy yendo más al taller de Escritura.
Tampoco estoy pudiendo escribir cuentos, este año de por sí ya venía escribiendo muy poco, y capaz también fue una causa de que dejara de intentar maneras de no abandonar (correr de un lado a otro, llegar siempre una hora tarde, etc), aunque ahora es también una consecuencia.

Estaba con toda esa angustia de no poder escribir y no poder ir más al taller (sumada a la depresión que se ve me generan los años impares, no sé), cuando me encontré con un artículo en la revista lento.uy que hablaba del Contact Improvisation y un taller de Mariana Casares relacionado con la escritura. Llegué tarde para hacer ese taller (ya había terminado), pero estoy yendo a sus clases regulares de Contact, donde también escribimos, aunque solamente cinco minutos antes y cinco minutos después de bailar.
En esos cinco minutos obviamente sólo hay tiempo para poner en el papel cada palabra que se te cruza, sin pensarlo dos veces, o a lo sumo bajar lo que hay en el "buffer". Pero así como bailar, el ejercicio está bueno y es liberador. Voy a postear algunas de esas instantáneas acá.

Y si quieren saber algo más sobre el Contact Improvisation http://nancystarksmith.com/ es su creadora (una capa), y hoy empezó una nueva edición del taller CIX que hice hace un par de años.




miércoles, junio 19, 2013

Feliz día, abuelos

 
Una  sonrisa  para  sus  ovejitas
Son  como  mil  gracias para el corazon
porque  son maestras y  filosofia 
diciéndonos  como  caminar  en  el  camino  de  la  vida
Ella  es  la  abuela, la  abue   la  abuelita 
la  que  se  sienta en el sillón  de  roble,
la  que  se  duerme  como  un  angel,
La  imagen  serena
 
Poema que escribió Vale (8 años) para sus abuelas

sábado, junio 15, 2013

Me encantan los diseños de Tang Yau Hoong, por ejemplo:



Actualizado: se pueden comprar remeras de este u otros diseñadores copados (mandan a Uruguay), en http://www.threadless.com/ 

martes, junio 11, 2013

De todas partes

Valentina (8 años) vino de la escuela copada con esta canción que le enseñaron:


- ¡Ah! ¡Yo la conozco! También la aprendí cuando era chica en la escuela - le contesté, y me puse a cantar - "De todas partes vienen los orientales, también los de la Luna y los de Marte".
- ¡¡DE LA LUNA Y DE MARTE!! ¿Estás loca, mamá?

Todos los que estaban en casa tampoco podían creerlo. Terminamos llorando de la risa.
- ¡Es así, les juro que yo la aprendí así! - insistí. Me parecía raro, pero estaba convencidísima. Más que nada porque yo hice mitad de la escuela en tiempos de dictadura, y esta canción era muy izquierdosa para que las maestras se animaran a enseñarla en aquel momento.

Mientras comiamos, un rato después, me di cuenta lo que me pasó: mezclé la letra con la de esta otra canción. ¡No me culpen, las melodías son parecidísimas!



 

El lobo de los cuentos

El Lobo golpeó la puerta y como nadie contestó, abrió la puerta y entró. Fue directo al dormitorio, para verificar si la Abuelita en realidad estaba allí durmiendo y no había oído. Pero no, no estaba.
Escuchó llegar a alguien y corrió a esconderse dentro del ropero. Pero grande fue su asombro al encontrar varias personas allí dentro. A la primera que vio fue a Caperucita.
_¡Shh!  Estoy aquí escondida porque estamos jugando al cuarto oscuro con mi primo Capuchón Azul. Si no me encuentra en los próximos dos minutos va a perder porque se le acaba el tiempo – y dicho esto acurrucó silenciosamente en el rincón más apartado del ropero.
El lobo se quedó pensando que cuando entró no había visto ningún otro niño en el cuarto, que era de día y las persianas estaban levantadas, así que de oscuro no tenía nada. Pero no dijo palabra.

Cuando miró hacia su izquierda, vio que estaba también en el ropero el Leñador, sentado en el piso con los brazos cruzados sobre las rodillas y cara de mucha preocupación. Y un poco más lejos otro niño, que vestía una campera azul y llevaba la capucha puesta “¡Éste debe ser el primo de Caperucita!”, pensó.
Y de pronto desde el fondo del ropero se oye una voz de viejecita:
_¿Dónde está mi tapado de piel? Lo necesito para ir a jugar al Casino… ¡Ah, aquí está! – dice al mismo tiempo que le da un tremendo pellizcón al Lobo.
El Lobo aulló de dolor “¡Auuu!”, llamando la atención del resto de los integrantes del ropero, que hasta ese momento no sabían de su coexistencia en el pequeño recinto.
_Capuchón, ¿qué hacés acá escondido? Me tocaba esconderme a mí, vos me tenías que buscar, ¡boludo!
_Pa, con razón no me encontrabas más, yo ya me estaba aburriendo acá quietito…

El único que continuaba callado y sólo se escuchaba sollozar rítmicamente, era el Leñador.
_¿Qué le pasa, m’hijito querido? – le dice la Abuelita (que en realidad era su madre).
_Es que quiero salir de este ropero pero no me animo.
Se hizo un silencio, y al Lobo, que sabía mucho de sicología y de la vida en general, se le ocurrió una idea. Y eligió uno de los vestidos más coquetos de la Abuela, de esos que ya no usaba hace años pero seguía guardando por nostalgia. Le ayudó a ponérselo y él accedió feliz. También le colocó un sombrero con plumas y unas sandalias con tacos, que le quedaban medio talón más chicas pero no importaba, eran preciosas.

Se quedaron los cinco en el ropero charlando y contando historias de miedo. El Lobo alumbró su cara desde abajo con una linterna que sostenía entre las piernas, puso sus dedos índice y pulgar en los párpados y los meñiques en la comisura de los labios, estirando al mismo tiempo los ojos y la boca, como haciendo una mueca de monstruo.
_Pero Lobo… ¡Qué ojos y boca tan grande tienes! – le dijo Caperucita en tono burlón y todos rieron. El Lobo también rió, pero el aire ya viciado del ropero y los cuentos de miedo le habían provocado tanta excitación que su risa se transformó en un salvaje rugido:
_¡Tengo hambre! – y esta vez sí que todos se asustaron, porque se le transformó la cara de verdad. Tenía los ojos inyectados en sangre, la lengua afuera y la boca abierta dejando ver sus afilados colmillos, de entre los cuales colgaba un hilo de baba. Todos menos Caperucita, que le ofreció un bizcocho de su canastita:
_Tomá, están riquísimos, los hizo mi mamá. Tengo la canasta llena, pero mejor salgamos y los comemos en la mesa del comedor, hace calor acá adentro.
El Lobo accedió encantado y salieron todos juntos del ropero. Incluído el Leñador, ya aliviada la cara de angustia, y a sus anchas con su vestido y zapatos nuevos. Como si los hubiera usado toda la vida.

viernes, junio 07, 2013

Pulpo 2

Y si no le gano por aburrimiento, también lo puedo acribillar a chistes malos (ese sería el plan C).
O amenazaría a su familia (plan D): La Pulpa de Naranja, el Pulpón de vacío, el Púlpito de la Iglesia, la Pulpería del barrio y la Pulpotomía del odontólogo.
Bah, sigue siendo plan C, a quién engaño.

Pulpo

Como verán, cambié de nuevo la imagen del blog.

Un pulpo gigante me tiene atrapada con sus múltiples tentáculos.
Trato de zafar, pero me apreta cada vez más fuerte. Me va sumergiendo en las profundidades.
Tengo un cuchillo en la mano, es mi única esperanza para cortar los gelatinosos brazos del pulpo. No sé si algún día voy a tener la fuerza suficiente para acuchillarlo, pero si no es de esa forma, seguro que le puedo ganar por aburrimiento: algún día se va a cansar, se va a ir y me va a dejar tranquila.

martes, mayo 28, 2013

Ana Grama

Siempre me fascinaron los anagramas (creo que ya hablé de ellos en este blog pero me da pereza buscarlo).

Saber que hoy día hay sitios que te arman mil en unos segundos, por ejemplo éste, es raro. Un poco pierde la gracia, porque no hay que devanarse los sesos reordenando letras para lograr una frase con significado. Ojo, no es que siempre te devuelva frases con significado, pero siempre te devuelve palabras válidas.

Entré al sitio y puse mi nombre, he aquí la postselección (y reanagramado en algunos casos), con la que me quedé.

Me encantó el primero, lo voy a tomar como un consejo del más allá, ya que en estos días ando muy loca:

Envolver acá ira

Nervio calavera

Ver ave racional

Revelará nociva

No acelerar, viva

Aeronave rival C

Vivero craneala

Alacran re vivo, e

Avecinar volear

Ro, la vecina rave

Ave vecinal raro

Calvario nevera

Calvario venera

Ver ave coralina

Va encierra oval

Novelera vaciar

Novela "V" arrecia

Vi arca novelera

Ir, vaca novelera

Reavivar lanceo

No reavivar alce

En reavivar loca

Re calavera ovni

Vire carnavaleo

Un personaje increíble

Un día al salir del edificio lo vi por primera vez, aunque no quiere decir que fuera la primera vez que él estuviera ahí, porque yo soy bastante distraída. Ese día también me fijé en la gente que pasaba por al lado suyo y miraba para el otro costado, algunos con el ceño fruncido mostrando congoja, otros nada más repulsión.
El hombre se había ubicado allí en la puerta del local de al lado de la entrada de mi edificio, en pleno 18 de julio, cerca de la Plaza del Entrevero. Tenía unos cincuenta o sesenta años, pelo canoso y barba, se parecía a Lula da Silva. Había juntado unas cajas y frazadas y con ellas armado su precario refugio. El local estaba cerrado hacía ya un tiempo, era una zapatería que se había fundido con la crisis. Poco después al viejo se le sumó un perro, era un cuzco color dorado y blanco muy simpático, de tamaño y edad medianos. El hombre se sentaba en el piso y el perro se sentaba al lado suyo, él lo acariciaba y sonreía. Me sorprendió el buen estado de sus dientes, teniendo en cuenta que vivía en la calle. Tenía una latita donde la gente de vez en cuando le dejaba monedas.

Cuando vino mi padre (que vivía en el interior) a casa de visita por unos días, cierta vez bajamos juntos a hacer mandados y vi que lo saludaba. El hombre devolvió el saludo contento.
_¿Lo conocés? – le pregunté a mi padre sorprendida ni bien nos alejamos un poco.   
_Ayer bajé a fumar un pucho y me quedé conversando con él. Pobre viejo, me contó que es ingeniero mecánico, se vino de San Pablo contratado por una empresa pero lo jodieron, nunca le pagaron un mango. La empresa desapareció, él se gastó toda la plata que traía y ahora no tiene para volver. Me dijo que está juntando la plata para el pasaje y que en cuanto la tenga se va a ir.

Mi padre cada vez que bajaba conversaba con él. El viejo en su portuñol (que lo hacía parecerse aún más a Lula), le contó que extrañaba a su hija y nieto que vivían allá en Brasil. Nos pareció raro que no les pidiera que le manden ayuda. Varias veces dudamos de si serían ciertas las cosas que contaba, o si estaría loco nomás. En casa además de ayudarlo con alguna moneda, guardábamos las sobras de comida – principalmente los huesos – y se los llevábamos para el perro. El portero y algún otro vecino, al ver nuestra actitud se animaron a arrimarse y empezar a saludarlo, a llevarle huesitos para el perro y ropa o mantas viejas para que se abrigue. Mi padre una vez le quiso dejar una botella de vino, pero no aceptó.
_No tomo alcohol - dijo muy serio.

Un día no lo vimos al viejo. Al siguiente día tampoco estaba en su lugar y temimos lo peor. Había empezado el invierno y eran los días más fríos del año. Pero pronto volvió: bañado, afeitado y más rellenito. Nos contó que lo habían llevado a un refugio de "Invierno Solidario". Sin embargo a pesar de su mejor aspecto parecía muy triste.
_Es que no dejaron entrar al perro. Y cuando salí ya no estaba.
Tratamos de convencerlo de que era un perro inteligente y seguramente volvería, pero todos sabíamos que era difícil.

Pasados unos meses, mi padre había vuelto a mi casa de visita y cuando le abrí la puerta me contó:
_Me crucé con el viejo allá abajo, se despidió. Dice que ya juntó la plata para el pasaje y se va mañana.
Efectivamente, a la mañana siguiente vimos que se había ido.
Y nos convencimos de que su historia era cierta nomás.

jueves, mayo 09, 2013

Por culpa de la aftosa


En los meses previos a la crisis del 2002, el año de la caída del dólar y el corralito financiero, el presidente Batlle (el “otro Batlle”, dirá la historia), tuvo que enfrentarse a otra crisis que trajo muchas pérdidas económicas: la aftosa. Uruguay perdió su calificación internacional de País Libre de Aftosa  y miles de cabezas de ganado fueron sacrificadas por el nefasto Rifle Sanitario.
Pero hubo otras muertes a causa de la aftosa, aunque no se le atribuyeran directamente...

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El comisario Luis Fernández, más conocido como El Cacho, se disponía a dejar la casa donde se había visto por última vez a la Sra. Mirta Giménez, desaparecida hacía varios días. Mientras  armaba un tabaco de hojilla se quedó parado en el porche de la casa, recapitulando la conversación que acababa de mantener con el marido de Mirta:

_La última vez que la vi fue el martes pasado. Me levanté a las 4 de la mañana, tenía un viaje a Brasil con el camión y no iba a volver hasta dentro de dos o tres días. Ella se levantó y me preparó el mate, y cuando me fui se volvió a acostar. Salí en la moto hasta la estancia del patrón, donde me estaban esperando con el camión cargado de vacas hasta el tope. Sin otra compañía que el mate y la radio Carve arranqué por la ruta 8 rumbo al Chuy, pasando por Aiguá, Velázquez y Lascano. Cerca de las 10 de la mañana llegué a la frontera y me encontré con la sorpresa de que no estaban dejando pasar el ganado. Por la aftosa, ¿vio? Entonces me tuve que dar la vuelta pa’tras, se imagina la calentura. A mediados de la tarde ya estaba de vuelta en Minas, pero cuando llegué a casa la Mirta no estaba. La esperé, la esperé hasta la noche, pensando que habría salido a hacer algún mandado, pero no volvió. Ahí llamé a mi suegra, calculé que capaz se había ido a su casa, pero ella me dijo que por allá no había estado. Y a la tarde del día siguiente, aún sin novedades, fue que los llamé a ustedes –había declarado el marido, preocupado.
_¿Y alguien más estuvo en la casa ese día? – preguntó a su vez él.
_No, que yo sepa. Teresita la empleada viene los  lunes, miércoles y viernes, y por lo tanto ese día no le tocaba venir.
_¿Le preguntó a algún vecino si la vio salir?
_Acá la única que anda siempre en la vuelta es Doña Eulalia, que vive en la casa de enfrente. En la casa que queda a la izquierda de la nuestra hace años que no vive nadie, y hacia la derecha la siguiente casa está recién en la esquina. Al lado de Doña Eulalia hay un galpón pero rara vez viene gente. Le pregunté a la doña ayer, pero me dijo que le parecía que el martes no la había visto en todo el día. Nunca se sabe igual con esa mujer: está muy vieja y chocha, y para mejor no ve bien y es medio sorda.

“Esto me huele a gato encerrado”, pensó el Cacho, y apagó de un pisotón la colilla. Se le ocurrió ir al boliche La Curva, que quedaba a un par de cuadras de allí. “Me tomo una caña con butiá para aclarar las ideas, y de paso puedo averiguar algo con los habitués”. Cuando llegó lo recibió efusivamente El Buce, dueño del bar. Le decían Bucéfalo porque de joven había sido jugador de básquetbol, era grande y fornido y cuando corría por la cancha picando la pelota, atropellaba a los adversarios como si fuese un caballo desbocado.
_Guarden las cartas que el comisario hoy no juega – dijo el Buce haciendo una guiñada y largando la carcajada. El Cacho sabía bien que en el boliche se jugaban apuestas clandestinas (Truco, Tute y Conga), pero hacía la vista gorda. – ¿Qué lo trae por acá, además del buen beber?
_Estoy investigando el caso de Mirta Giménez, la señora del Canario Balbuena, que vive acá a la vuelta. ¿Supieron que hace tres días que el Canario la denunció como desaparecida?
 _Vino en el momento indicado entonces, porque el que puede saber algo es él… - dijo señalando con la cabeza a un viejo encorvado que estaba tomando una grappa, acodado en el mostrador. El viejo miraba fijamente la hilera de botellas del estante del fondo y apenas se inmutó cuando escuchó que lo nombraban. El Buce continuó casi en secreto, con picardía – Todo el mundo sabe que el hijo del viejo, El Pilduña, era el “pata de bolsa” de la Mirta…
_Hace varios días que mi hijo no vuelve a casa – dijo el viejo con un hilo de voz, sin levantar la mirada.
Todos lo observaron asombrados.
_¡Entonces se fugó con la Mirta! – intervino Walter, uno de los tres que estaba en la mesa de cartas, arrastrando las letras.
_Elemental, mi querido Walter… – bromeó el Buce.
_¡No! – interrumpió el viejo, dando un golpe sobre el mostrador que asustó a todos – Mi hijo nunca me había dejado solo tantos días… Y esto de irse sin avisar no es cosa d’él… Además, no se llevó ni un calcetín…
Se hizo un silencio, todos temieron lo peor.
El comisario terminó su caña, le pagó la vuelta a los presentes –que quedaron muy agradecidos- y se volvió con la idea de entrevistar a Doña Eulalia.

Golpeó la puerta por tercera vez, con fuerza. Se escuchaba la televisión a todo volumen pero nadie abría. Se escucharon dos disparos y cuando el comisario ya estaba pronto para derribar la puerta, apareció la vieja con cara de disgusto.
_¡Justo tiene que llamar a la puerta en lo mejor de la novela! El Sr. Maldonado encontró a su mujer con la amante y los mató a los dos – dijo la vieja - ¿Qué quiere?
“Caramba, qué coincidencia” pensó el Cacho:
_Soy el Comisario Fernández. Estoy investigando la desaparición de Mirta, su vecina de enfrente. ¿Usted la ha visto últimamente?
_No, hace días que no viene por mi casa. Ella pasa seguido por acá y se ofrece a hacerme los mandados, o me trae algo rico para merendar y pasamos la tarde juntas jugando al Purrete. ¡Es un encanto de mujer! Yo la quiero como a una hija… Estoy sola en este mundo y ella es la única que me hace compañía, además del gato. Pero debe haberse ido a visitar a la madre, Doña Josefa, también amorosa ella, que vive allá en el Barrio España. ¿Para qué me dijo que la precisa a la Mirta?
El comisario, viendo que no podría obtener mucho más, le agradeció y no le dijo la verdad para no preocuparla.

Cuando iba saliendo miró para la casa de Mirta y vio a una muchacha barriendo la vereda. “Esta debe ser Teresita, la empleada de la que me habló Balbuena
_¿Se sabe algo de la señora? – preguntó Teresita angustiada cuando reconoció al Comisario, que se estaba acercando.
_En eso andamos… ¿Es la primera vez que viene a la casa desde que ella desapareció?
_Vine el miércoles pasado y no la vi, pero tampoco pregunté, en ese momento yo no sabía que estaba desaparecida. El que sí estaba en la casa ese día era el señor.
_Supuestamente desapareció el día anterior, es raro que él no le comentara nada.
_Él es muy callado, ¿vio? La que conversa conmigo es la señora Mirta, él casi nunca está en la casa. Lo vi con cara de preocupado, eso sí.
_¿Y en la casa vio algo que le llamara la atención?
_¿Algo como qué?
_No sé, algo distinto a lo que ve siempre…
_No, creo que no… Lo que sí me pareció fue que estaba todo bastante limpio para estar el señor, porque siempre cuando él llega trae las botas llenas de barro y enchastra todos los pisos. Por eso me llamó la atención que me pidiera que lavara los pisos de nuevo. ¡Y que los lavara con Agua Jane1 ! Yo no le llevé la contra porque capaz él piensa que los pisos siempre se lavan con Agua Jane, vaya uno a saber… Como nunca agarró ni un trapo para limpiar nada…
_¿Y algo más que recuerde?
_El ropero de la señora estaba revuelto, y parecía que faltaba ropa. Ahora que recuerdo, tampoco estaba el bolso. Pero me pareció raro que hubiera salido porque no se llevó las alhajas, ni los perfumes. Ella es una señora muy coqueta, no va a ningún lado sin arreglarse: se maquilla y se perfuma así vaya hasta la panadería. Y cuando se va de viaje siempre se los lleva.
_¿Y en el dormitorio vio algo más que le llamara la atención?
Teresita se queda pensando.
_Habían cambiado las sábanas, y lo hallé raro porque yo ya las había cambiado el lunes. Todos los lunes cambio las sábanas, hay cuatro juegos y se terminan usando todos al final del mes. Me acordaba clarito que esa semana yo había puesto las celestes y en cambio ese día estaban las verdes. Pero después cuando hice la cama me di cuenta que también habían sustituido el colchón por uno nuevo, así que ahí le encontré la lógica: al poner el colchón nuevo le cambiaron también las sábanas para estrenarlo como se debe – continuó. - Aunque ahora que pienso, la señora no llegó a dormir en esa cama…
_¿Y usted cómo lo sabe?
_Eh… Eso no se lo puedo decir, es algo privado… – se ruborizó Teresita.
_¿Quiere contármelo frente al juez en el juzgado? Recuerde que soy la policía y estoy investigando un posible crimen.
_¡No diga eso! ¡Si la señora es tan buena, ni Dios permita!
_Bueno, entonces con más razón, para saber qué le pasó a la señora tiene que colaborar con la investigación.
_Está bien – dijo resignada. – Estoy segura que la señora Mirta no durmió en esa cama porque ella cuando duerme siempre se babea y deja el charquito sobre la almohada. Creo que me dijo que duerme con la boca abierta por un problema de vegetaciones, que le da mucha vergüenza pero no puede evitarlo. Y cuando yo llego aunque el charquito ya esté seco igual me doy cuenta porque queda una aureola en la funda.
_Bueno, muchas gracias por su colaboración Teresita, ha sido de mucha ayuda – dijo el Comisario conteniendo la risa. – Ahora, si usted me permite, mientras usted termina la limpieza de hoy, voy a dar una recorrida por la casa y el jardín para ver si encuentro algo.
_Sí claro, cómo no.

Cacho descartó de inmediato que Teresita pudiera tener algo que ver con la desaparición de Mirta. Aquella muchacha era la imagen viva de la inocencia, pobre.
Entre los datos que le acababa de dar la muchacha y los que había conseguido en el boliche, era fija que se trataba de una  fuga o de un crimen pasional. Pero aún había muchas cosas que no le cerraban. Tanto la muchacha como el padre del amante dijeron que era raro que se hubieran ido sin llevarse sus cosas. Y si había sido un crimen ¿dónde estaban los cuerpos?
Cuando llegó al patio, vio una pala llena de barro pero ningún indicio de tierra removida en el jardín. “Pero puede haberlos enterrado en cualquier baldío”, pensó.
Se le ocurrió una idea y salió disparado para la Comisaría, no sin antes preguntar:
_Teresita, va a estar un rato más, ¿no? ¡Enseguida vuelvo!
_No se preocupe, estoy hasta las cinco hoy.
Cuando llegó entró también corriendo y se topó de bruces con el Sgto. Gómez de la policía Técnica, que iba saliendo.
_¡Justito! ¡Con vos quería hablar!
_No me jodas, que ya me estoy yendo… Recién terminé de reportar un accidente de tránsito en la ruta 7, y ya me vuelvo pa’la capital.
_Es un segundo nomás, yo te llevo. Traé tu equipo – y se lo llevó cinchando del brazo.
_La puta madre – dijo el otro a regañadientes.
_Dale, cambiá esa cara – refutó el Cacho excitado – Estamos ante un caso mucho más emocionante que esos accidentes chotos que venís a ver vos todas las semanas. Aunque ojalá me equivoque…
Y le contó de la desaparición de Mirta y lo que había dicho la empleada.
_Si le pidió que lavara los pisos con Agua Jane para terminar de eliminar restos de sangre, sabemos que no va tener suerte, porque con la luz reveladora que vos tenés salta igual – terminó de exponer el Cacho.
En efecto, cuando llegaron a la casa lo comprobaron. La linterna especial revelaba un gran charco azul fluorescente en el dormitorio y unos trazos que se arrastraban desde allí hacia el living.

Teresita era un mar de lágrimas. Los policías se despidieron palmeándole la espalda suavemente en tono de consuelo.
_ Tranquila. Pero de esto al señor ni palabra, ¿sabe? Él es el principal sospechoso.
Sin que ella supiera se quedaron esperando, a unos metros de la casa, a que el hombre llegara.

A la media hora, más o menos, apareció desde el otro lado de la calle el Canario Balbuena en el camión del patrón. Entró y a los pocos minutos salió, como una tromba.
_¡Mierda! Esta pelotuda le debe haber contado todo. Es tan ingenua que no cree que el tipo pueda haber matado a su esposa – puteó el Comisario.
Ya que les había tomado ventaja, en vez de apresarlo decidieron seguirlo de lejos para ver qué hacía. Era fácil, porque aunque iba muy rápido no dejaba de ser un camión enorme, era imposible perderlo de vista entre las callecitas angostas del pueblo. Pronto salió de la zona urbana y paró al costado de un cerro. El hombre se bajó, cruzo el alambrado y empezó a trepar el cerro con rapidez.
_Dame los prismáticos, así podemos seguirlo desde lejos.
_ Igual se lo ve tan perturbado que no creo que se de cuenta ni aunque estuviéramos al lado.
Se detuvo en la cima, frente a un cuadrado de tierra recortado sobre el pasto que lo terminaba de delatar, y se inclinó sobre sus rodillas.

El Cacho y Gómez se acercaron despacio. Veían aquel cuerpo sacudirse con el llanto. El Cacho le apoyó la mano sobre el hombro y el Canario se volvió a mirarlo, entregado.
_Maté a ese hijo de puta, se lo merecía – dijo aún llorando. – Pero a ella no quería matarla… Me pidió perdón y vi en sus ojos que de verdad estaba arrepentida, pero la furia me dominó…
Los dos policías dejaron al hombre terminar de desahogarse en la cima del cerro, mientras observaban callados al sol ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo, rosado y anaranjado.
_Todo por culpa de la aftosa – continuó el Canario, un poco más calmado - Si no fuera por la aftosa yo no hubiese vuelto a casa más temprano aquel día….

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Cuento que escribí para el Taller Literario este año. 
La historia de los amantes, el camión que tuvo que dar vuelta por la barrera sanitaria, la empleada que lavó los pisos con Agua Jane (marca uruguaya de hipoclorito de sodio muy popular), y el asesino que "se vendió" volviendo al lugar donde enterró los cuerpos, son reales o por lo menos así fue como se reprodujo la anécdota por toda la ciudad de Minas. 
Sin embargo los nombres de los personajes y lugares, y la historia detallada de la investigación que relato, obviamente son agregados míos. Con una salvedad: el boliche La Curva con sus apuestas clandestinas existió y también existió el Buce, ex-jugador de básquetbol con ese apodo singular. Él era mi abuelo paterno. Eso sí, para cuando ocurrió esta historia ya no quedaban rastros del boliche y mi abuelo ya estaba jubilado.