miércoles, diciembre 23, 2015

La planta de baba

Subí al auto e intento por quinta vez hacer andar el pendrive de música antes de arrancar. No me anda desde hace días, pero aún tengo esperanzas: "último intento",y me digo. Cuando empieza a sonar la banda de sonora de Amelie (primer disco del pendrive), es la gloria, el triunfo hecho música.
Voy a llevar a Fede a danza, allá en nuestro mismo salón y nos imagino en esa ronda. "Las cartas que no llegaron".
Me hago un tecito para hacer tiempo y espero, espero. Leo. Faizbukeo. Leo de vuelta. Escribo un mail pero no lo mando, aunque esta vez no es de descarga como los siete mails escritos pero no enviados conteniendo distintos matices de puteadas dirigido mi jefe. Esta vez es algo lindo.
La niña sale, nos vamos el cuidacoche de la cuadra me cae bien, es buena onda, le dejo una propina un poco más grande esta vez.
En doblamos por Requena y Fede quiere abrir las ventanas, yo abro también la mía y el viento está fresquito, delicioso. Más adelante cuando ya afloja el tránsito me pongo a observar las fachadas, los balcones.  En la radio ahora suena MuX. En un balcón un hombre mira para abajo con un niño y me ven y los miro, en el siguiente una planta enorme de Josefinas (o similar, no estoy segura porque no tiene flores), me teletransporta a la infancia en la casa de mi abuela. Siempre llenas de caracoles y "qué asco cómo pueden tener esa planta en un balcón". Y me pregunto qué vino primero la baba del caracol o la baba de la planta esa. O sea: ¿el caracol tiene baba porque come de esa planta o la planta tiene esa baba para que el caracol se la coma?, ¿será que es un mini ecosistema caracol-baba que resulta beneficioso para ambos?
La cosa es que yo las odiaba porque en la casa de mi abuela estaban por todos lados y cuando yo las atravesaba corriendo me quedaban todas las piernas irritadas. Y tampoco sé si por la baba de la planta o la baba del caracol.

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Diario trivial, diciembre 2014

miércoles, noviembre 25, 2015

Conflicto bélico



Esa tarde cuando mamá llegó de trabajar me encontró sentada en la escalera. El edificio era de tres pisos, sin ascensor, y nosotras vivíamos en el tercero. Yo había huido del apartamento a causa de un conflicto bélico y por eso estaba allí, atrincherada en los últimos escalones.
Cual refugiado en una embajada extranjera, me había dispuesto a esperar el arribo de las fuerzas aliadas, que por fin llegaban: “¿Qué hacés sentada acá afuera? ¿Qué pasó?”

Recapitulé mentalmente lo ocurrido... A mediodía salí de la escuela, llegué a casa, me calenté los fideos de la noche anterior en la sartén (agregando un chorro de leche para que no se sequen, como me enseñó la abuela). Terminé de comer y ya me iba al dormitorio a jugar, cuando la vi. Y ella, mi peor pesadilla, también me vio. Incluso me saludó moviendo sus antenas. Yo me quedé petrificada, pensando en qué hacer. Era una criatura monstruosa, negra y gigantesca que estaba en medio del pasillo obstruyéndome el paso. Su cuerpo estaba cubierto por una coraza gruesa, dura y brillante.
Nos miramos durante unos segundos que parecieron horas, como dos cowboys batiéndose en duelo de muerte: un movimiento en falso podía costarnos la vida.

Desenfundé yo primero, tratando de alcanzarla de una patada. Pero calculé mal y mi pie aterrizó a unos pocos centímetros de distancia, ella aprovechó a contrataacar y se me vino encima, blandiendo sus temibles antenas con aún más fuerza. Horrorizada salí corriendo a la cocina a buscar refuerzos. Volví con una escoba, y sin titubear le propiné dos o tres escobazos seguidos. Esta vez sí dí en el blanco. Pero no obstante mi contrincante seguía allí, impávida, con la mirada aún más desafiante.
Entonces el miedo se transformó en terror y decidí batirme en retirada.  Recolecté algunos juguetes y mi mochila para poder hacer los deberes, y abandoné el campo de batalla para refugiarme en la escalera, donde estaba ahora.

Pero no fue necesario entrar en detalles sobre aquel terrible drama épico, a mamá le bastó que le explicara, entre sollozos: “¡Adentro hay… una cucaracha… que me miraaaaaa!”, para ponerse enseguida en acción, entre asombrada, divertida y conmovida.
Me tomó de la mano, abrimos la puerta despacito y de un firme y certero pisotón mató a la temible cucaracha, que seguía ahí en el pasillo.

Abracé fuerte a mi heroína y alzando cual mástil la escoba declaramos juntas la victoria, saltando de alegría mientras sonaba una diana de trompetas al fondo y un millar de papelitos brillantes de colores caían del techo.

viernes, septiembre 11, 2015

Sopla



Me bajé del ómnibus un poco malhumorada pensando en las cuatro interminables cuadras que me separaban de casa. Me enchufé los auriculares y puse música indie como para hacer más llevadero el trayecto. Era ya casi de noche, una tardecita calurosa de fines del verano, con el sol tiñendo de rojo el cielo y los insectos zumbando a full. Comenzaban a acumularse en las veredas las primeras hojas secas que anticipaban el otoño inminente. Estación que odio desde lo más profundo de mi ser.
Pero a mitad de camino me topo con una imagen un poco inusual. Un vecino de treinta y pico de años, vestido con bermudas verde militar, havainas en los pies y sin remera, está “barriendo” las hojas de la vereda con una sopladora eléctrica. Verlo sostener la sopladora a la altura de su cintura, debajo de su pecho velloso y bien formado, tensando los pectorales y bíceps, de inmediato activa mis glándulas ratoniles. La canción suave y melodiosa de mi mp3 se convierte en la provocadora “I’m too sexy” de Right Said Fred mientras el hombre, con total desconocimiento de su avasallante sensualidad, mueve en cámara lenta de izquierda a derecha su espectacular aparato de motor naranja y cañón negro.   
Cruzo de vereda para no interrumpirlo, igual él está en su mundo y nada lo interrumpe. Camino despacio para extender lo más posible el momento. Un paso más y la música se interrumpe de golpe como si alguien sacara la púa del tocadiscos de un manotazo: el hombre apagó la máquina y se metió a su casa, en silencio.
En la cuadra siguiente no hay más que una doña con ruleros barriendo la vereda con una escoba deslucida.
Igual yo no la veo porque sigo atrapada en mi sueño dorado de hojas secas.